Me vio… y su expresión se llenó de un terror absoluto.
Pero Camila, necia y arrogante, siguió insultándome sin entender nada.
Entonces levanté la cabeza y, con voz firme, dije:
—Claro que puedo tomarlo. Después de todo, esta empresa, ese despacho… y hasta el puesto que ustedes creen gobernar, me pertenecen a mí. Mi nombre es Valeria Monteverde, presidenta y accionista mayoritaria de este grupo. Y tú… acabas de agredir a la dueña delante de todos.
—Claro que puedo tomarlo —repetí, mirando directamente a Camila—. Porque este termo, esta empresa y todo lo que ves aquí… me pertenecen a mí. Soy Valeria Monteverde, hija del fundador, presidenta del consejo y accionista mayoritaria de Grupo Monteverde.
El silencio que siguió fue tan denso que hasta el sonido del aire acondicionado parecía un trueno.
Camila parpadeó, confundida.
Luego soltó una carcajada nerviosa.
—¿Tú? ¿La dueña? No me hagas reír…
Pero su voz ya no sonaba firme.
Alejandro, en cambio, estaba completamente pálido.
—Valeria… yo puedo explicarlo…
Giré la cabeza lentamente hacia él.