“No puedo más…” – En el campo, la niña regordeta estaba exhausta, y el vaquero la ayudó en silencio a cargar la pesada carga.

Mateo la sostuvo del brazo cuando sus rodillas fallaron.

—¿Quién tenía eso?

—Silvio Valdés —murmuró ella—. Él nos quitó nuestra tierra en Jalisco cuando yo era niña. Dijo que los papeles estaban mal. Echó a mi madre a la lluvia. Ella murió un mes después. Ahora viene por mí.

Al amanecer, llegó Rosa Beltrán, costurera del pueblo y única amiga de Maribel.

—Valdés va a quemar el pastizal hoy. Lo oyeron en la cantina. Trae petróleo.

Todo ocurrió rápido. El humo apareció antes del mediodía. El ganado se asustó y corrió hacia la carreta. Maribel subió al asiento, levantó la escopeta y disparó al aire. La manada se abrió como un río alrededor de una piedra. Luego vio a Mateo tirado entre el humo. Corrió, lo levantó con una fuerza que nadie imaginaba y lo arrastró hasta la carreta.

Cuando el fuego se apagó, Valdés llegó con testigos comprados.

—La culpa es de esta mujer —anunció—. Ponerla al mando fue un error.

Entonces Bruno dio un paso al frente.

—Yo oí a su hombre hablar del petróleo.

—Y yo —dijo Hollis.

—Y yo —añadió Jonás.

Uno tras otro, once hombres hablaron.

Luego llegó Rosa con el comisario y una carpeta vieja. Dentro estaban los papeles del padre de Maribel: la prueba de que Valdés había robado la primera tierra de su familia y la había vendido a una compañía suya.

Maribel levantó los documentos.

—Usted no me persigue por deuda, don Silvio. Me persigue porque mi madre murió por su culpa y yo quedé viva.

Valdés miró alrededor. Por primera vez estaba solo.

El comisario lo arrestó esa tarde.

La noticia corrió por el valle. Al día siguiente, veintitrés mujeres llegaron a la casa de Maribel con escrituras, deudas y nombres. Todas habían perdido algo por culpa de Valdés. En su mesa, Maribel abrió un cuaderno nuevo.

—Solos nos compra —dijo—. Juntos no.

Así nació la Cooperativa del Agua de La Noria. Mateo puso el ganado, las mujeres pusieron pozos, arroyos, trabajo y valentía. Un banco pequeño de la capital les prestó dinero al ver los papeles y el plan. La deuda de Maribel quedó pagada. El rancho de Mateo también se salvó.

El juicio de Valdés duró semanas, pero al final fue condenado por fraude, incendio y conspiración. Nunca volvió a San Jacinto.

Después de la cosecha, Mateo volvió a la casa de Maribel. Se quitó el sombrero.

—Ahora sí puedo preguntar. Maribel Quiñones, ¿quiere casarse conmigo?