—Que recuerden que yo servía antes de que me necesitaran.
A la mañana siguiente, Maribel encontró la cerca de su corral cortada. Su mula había sido soltada en medio del sorgo. Veintitrés tallos rotos. No era una pérdida. Era un aviso.
A las nueve llegó Mateo.
—Fue Valdés —dijo él.
—Valdés no ensucia sus botas —respondió Maribel—. Paga a otros.
Mateo respiró hondo.
—Necesito contratarla. Dos pesos diarios, seis semanas. Cocinera de camino y buscadora de agua para mi ganado. Si pierdo la manada, Valdés compra mi rancho. Y si compra mi pozo, compra medio valle.
Maribel pensó en su deuda, en su sorgo, en la tierra donde estaban enterrados sus muertos.
—Pago en efectivo cada viernes. Y si un hombre me falta al respeto, lo arreglo yo. Usted no se mete.
—Trato hecho.
El lunes, Maribel llegó al rancho con su escopeta vieja y una cubeta de pan. Todos los peones se callaron. Uno por uno se quitaron el sombrero.
Ella no sonrió.
Trabajó más que cualquiera. Cambió la ruta del ganado, evitó el arroyo envenenado y encontró agua limpia bajo unas raíces secas donde nadie habría buscado. Hasta Hollis, el capataz más orgulloso, le entregó una noche un plato con frijoles extra. Más tarde, un muchacho llamado Jonás le explicó:
—Así pide perdón Hollis. Da comida.
—Entonces nos vamos a entender —dijo Maribel—. Yo tampoco digo mucho. Nomás como.
Pero al tercer día Bruno apareció borracho, furioso porque lo habían mandado lejos.
—¿Dónde está esa…?
Mateo lo golpeó antes de que terminara.
Maribel salió de la carreta con un sartén en la mano.
—Don Mateo, ¿qué acordamos?
—Iba a insultarla.
—Y yo iba a responderle.
Caminó hasta Bruno, que sangraba de la boca.
—Diga la palabra completa, Bruno. Diga lo que vino a decir.
Él abrió la boca. No pudo. Bajó la cara.
—Mi hermana era grande como usted —susurró—. Murió de tisis. En su velorio se burlaron de ella. Desde entonces odio ver mujeres como ella porque me acuerdo de lo cobarde que fui.
Maribel se sentó a su lado en la tierra.
—¿Usted cortó mi corral?
—No, señora. Pero oí al hombre de Valdés en la cantina decir que la mula de usted iba a caminar de noche.
Ese testimonio cambió todo.
Esa misma noche, un jinete desconocido apareció al borde del campamento. Levantó algo a la luz de la luna: un rebozo azul.
Maribel sintió que se le helaba la sangre.
Era el rebozo de su madre.
El mismo con el que la habían enterrado dieciséis años atrás.