PARTE 2: —¿Dónde está mi hija? —grité tan fuerte que hasta los cargadores dejaron de moverse.
Teresa ni siquiera se inmutó. Me miró de arriba abajo con esa sonrisa fría que siempre usaba en las comidas familiares.
—Está en el baño haciendo drama —dijo—. Tú la hiciste demasiado delicada, Mariana. Solo le pedimos que empacara sus cositas.
Fui directo al pasillo.
—Cami, soy mamá. Abre, mi amor.
La puerta se abrió apenas y mi hija salió corriendo a mis brazos. Tenía la cara pálida, los ojos hinchados y todavía sostenía una bolsa negra con ropa.
—Me dijeron que si lloraba era porque era egoísta —murmuró en mi hombro—. Que el bebé de mi tía necesita más el cuarto que yo.
La abracé con tanta fuerza que sentí sus hombros temblar.
—Nadie te va a sacar de tu casa. Nadie.
Volví a la sala con Camila detrás de mí. En ese momento, Santiago entró al departamento. Venía con la camisa arrugada, el cabello revuelto y una expresión que jamás le había visto.
—Saquen todo de aquí. Ahora —dijo.
Paola soltó una risa amarga.
—Ay, Santiago, no empieces. Sabes que estoy pasando por una situación horrible. La renta subió, Roberto no me ayuda y tú tienes este departamento enorme para tres personas.
—Mi hija no duerme en el sillón para que tú conviertas su cuarto en guardería —respondió él.
Teresa dio un paso al frente.
—No seas malagradecido con tu propia madre. Esta casa es tuya. Si quieres ayudar a tu hermana, Mariana no tiene derecho a oponerse. Ella solo vive aquí porque se casó contigo.