PARTE 2
La sala de seguridad del banco olía a café viejo y papeles húmedos.
Me sentaron frente a una mesa metálica. La libreta estaba ahí, entre el policía y yo, como si fuera una prueba… o una bomba.
—Empiece desde el principio —dijo el oficial—. Todo lo que sepa de su abuela.
Respiré hondo.
—Se llamaba Guadalupe Salazar. Me crió desde que mi mamá murió. Nunca fue rica. Apenas alcanzaba para vivir.
El policía asintió, pero no escribió nada.
—¿Alguna vez mencionó dinero… cuentas… problemas legales?
Negué.
—Nunca. Lo único que me dijo fue que viniera al banco si algo pasaba.
Maribel, la cajera, entró con unos documentos.
—Oficial… ya confirmé. La cuenta fue abierta hace 28 años bajo un programa especial de resguardo financiero.
—¿Resguardo de qué? —pregunté.
Ella dudó.
—De testigos.
El aire se volvió pesado.
—¿Testigos de qué?
El oficial finalmente se inclinó hacia mí.
—Su abuela no era una simple ahorradora, Mariana.
Hizo una pausa.
—Era testigo protegida.
Sentí que todo se desarmaba dentro de mí.
—Eso… eso es imposible.
—Hace casi tres décadas —continuó—, una red de desvío de fondos públicos fue investigada. Millones desaparecieron. Su abuela trabajaba como auxiliar contable en una de las empresas involucradas.
Recordé sus manos revisando recibos… su obsesión con no firmar nada sin leer.
—Ella descubrió algo —susurré.
—Exacto —dijo el oficial—. Y decidió denunciar.
Maribel colocó otra hoja sobre la mesa.
—El dinero en esa cuenta… no es robado.
Ambos la miramos.
—Es el fondo recuperado del fraude —explicó—. Fue asegurado por el gobierno… pero nunca reclamado oficialmente porque el caso quedó inconcluso.
—¿Inconcluso?
El policía apretó la mandíbula.
—Porque el principal acusado desapareció.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
El oficial me miró directo a los ojos.
—Víctor Salazar.
El mundo se detuvo.
—Mi… papá?
—Su padre era socio de la empresa investigada —continuó—. Cambió de nombre legalmente después de que el caso se enfriara. Pensó que nadie lo conectaría.
Recordé su furia en el funeral.
No era desprecio.
Era miedo.
—Entonces… mi abuela…
—Testificó contra él —dijo el oficial—. Y por eso entró al programa de protección.
Las piezas encajaron de golpe.
La pobreza.
El silencio.
El miedo disfrazado de disciplina.
—¿Y el dinero?
Maribel respondió:
—Fue congelado hasta que alguien con derecho legítimo lo reclamara.
Me miró con firmeza.
—Usted.