Mi mamá pensó que podía reemplazar a mi papá con su novio raro y obligarme a llamarlo “papá”.

El día que Lorena le ordenó a su hija de 13 años que borrara de su boca el nombre de su verdadero padre y empezara a llamar papá a un hombre que le daba miedo, Valeria entendió que en esa casa no solo habían enterrado la verdad: también estaban dispuestos a enterrarla a ella.

Hacía apenas 5 meses que Esteban, su padre, estaba preso por un homicidio que nadie en el barrio terminaba de entender. Aquella noche en un bar de Guadalajara se había vuelto una herida abierta en la vida de Valeria. Ella había estado con él antes de que todo se descompusiera. Lo recordaba entrando al baño con la frente sudada por el cansancio de su turno, y saliendo minutos después pálido, con las manos manchadas de sangre, gritando que llamaran a una ambulancia. Lo recordaba intentando salvar a un desconocido. Lo recordaba esposado, humillado, tratado como monstruo. Y lo recordaba jurando, frente a las rejas, que él no había matado a nadie. Aze10

Lorena, en cambio, no tardó ni un día en traer a Héctor a la casa. Lo presentó como si fuera una solución, como si con meter a otro hombre en la sala pudiera tapar el hueco que había dejado Esteban. Dijo que Valeria debía agradecer que alguien decente quisiera hacerse cargo de ellas. Dijo que Esteban era un criminal peligroso y que lo mejor era arrancarlo de sus vidas. Lo dijo con esa frialdad de mujer que ya tomó una decisión y no piensa escuchar a nadie. Y cuando, 5 meses después, anunció entre sonrisas que se casaría con Héctor y que ya era hora de que Valeria dejara de aferrarse al pasado, algo en la niña se quebró.

Porque Héctor no se comportaba como un hombre bueno. Demasiado pronto empezó a tomar confianza. La miraba de más a la hora de la comida. Le sonreía con una suavidad que no calmaba, sino que helaba. Decía cosas que a Lorena le parecían tiernas y a Valeria le revolvían el estómago.

—Cómo creces, chaparrita. Ya eres toda una señorita.