PARTE 2: Después de decirlo, Mateo agachó la cabeza como si hubiera roto una regla sagrada.
Yo sabía que el papá de Mariana era un tema prohibido. En diez años de matrimonio, casi no lo mencionó. Cuando lo hacía, hablaba con frases cortas: “era violento”, “nos manipulaba”, “mejor ni saber de él”. Nunca vi una foto. Nunca escuché una llamada. En mi casa, ese hombre no existía.
Pero mi hijo acababa de decir que lo había visto.
“Mateo”, le dije con cuidado, “¿ese señor estuvo contigo?”
No respondió. Se puso a jalar un hilo suelto de su pijama.
Desde la cocina se escuchó un golpe seco.
Mariana.
Se suponía que estaba preparando té, pero no se movía.
Estaba escuchando.
“Veme, hijo.”
Mateo levantó los ojos. Los tenía llenos de agua, pero no lloraba.
Eso dolía más.
“Dijo que si yo te contaba, te ibas a enojar con mamá… y que él se la iba a llevar.”
Me puse de pie.
“¿Quién dijo eso?”
“El abuelo Ernesto.”
El nombre cayó en la sala como una bomba.
Mariana apareció en el marco de la puerta, pálida.