PARTE 2: Esa noche, mientras Diego dormía en el cuarto de visitas de mi departamento, hice lo que años de bombero me enseñaron:
Antes de que el humo lo tape todo, hay que encontrar dónde empezó el fuego.
Anoté horarios, lesiones, frases exactas. Guardé fotos del yeso, de los moretones y del reporte médico que Laura había dejado olvidado sobre la mesa. Después empecé a buscar a Raúl Mendoza.
En internet parecía perfecto.
Gerente regional en una aseguradora. Voluntario en campañas de donación. Fotos entregando juguetes en Día de Reyes. Sonriendo junto a funcionarios de la alcaldía. El tipo de hombre al que todos llaman “un buen partido”.
Pero había huecos.
Antes de casarse con Laura, Raúl había vivido en Guadalajara. Antes de eso, en Querétaro. Y antes, había estado casado con una mujer llamada Patricia Ríos.
Encontré su perfil profesional.
Dudé.
Luego le escribí.
Me llamó al día siguiente.
“¿Esto tiene que ver con un niño?”, preguntó de inmediato.
Le conté lo básico.