No con odio.
Sino como se recuerda el crujido de un edificio antes de que se derrumbe: la advertencia que uno quiso ignorar hasta que ya fue imposible.
Mi hijo creyó que yo le había quitado una mansión.
No entendió que lo que de verdad hice fue quitarle el escenario.
La casa.
La oficina.
El apellido como escudo.
La impunidad.
Todo aquello detrás de lo cual había escondido su verdadera miseria.
Y solo cuando se quedó sin nada, el eco devolvió por fin lo único que nunca pudo comprar:
la clase de hombre que realmente era.