PARTE 2: Esa noche no dormí.
Laura lloraba en la sala de espera, con las manos apretadas contra la boca para no hacer ruido. Yo caminaba de un lado a otro, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquel cumpleaños.
La piñata. El pastel. El cuarto. La ambulancia. La voz del doctor.
Y sobre todo, la ausencia de Verónica.
Al día siguiente llevé hojas blancas y colores al hospital. Mateo siempre había sido mejor dibujando que hablando, incluso antes de quedar en coma.
“Tranquilo, campeón”, le dije. “Dibuja lo que recuerdes.”
Primero hizo una puerta.
Luego una mano.
Después una galleta redonda.
Y al final, junto al cuello de una figura de mujer, dibujó una gota amarilla.
Sentí un golpe en el pecho.
“¿Traía eso puesto?”
Mateo asintió.
“Brillaba. Me dijo que no pasaba nada. Que era poquito.”
“¿La conocías?”
Frunció la frente, cansado.
“Creo que sí.”