PARTE 2: Al día siguiente salí temprano del trabajo. El cerrajero ya había terminado cuando llegué. Me entregó cuatro llaves.
Una para mí.
Una para Mariana.
Una para Sofía.
Una para Diego.
Después subí a los cuartos de Sebastián y Valeria. No rompí nada. No tiré nada. No insulté a nadie. Solo empecé a empacar.
Ropa, tenis, mochilas, cargadores, trofeos, perfumes, libros, chamarras. Todo quedó en cajas, bien acomodado junto a la puerta principal.
A las cinco con ocho sonó mi celular.
Era Mariana.
“La llave no abre.”
“Lo sé. Cambié las cerraduras.”
Del otro lado escuché a Valeria gritar:
“¡Está loco!”
Sebastián dijo algo peor, pero Mariana tapó el teléfono.
“Carlos, no puedes dejar a mis hijos afuera.”
“No los estoy dejando afuera por ser tus hijos. Los estoy dejando afuera porque dejaron claro que no reconocen mi lugar en esta casa.”
“¡Son adolescentes!”
“Y Diego tiene ocho años, pero sabe que no se rompen las cosas de otros para humillarlos.”
Hubo silencio.
“Llama a Ricardo”, le dije. “Sus cosas están listas. Puede venir por ellos hoy.”
Cuando llegué, Mariana estaba en la banqueta llorando. Valeria tenía los ojos rojos. Sebastián fingía que no le importaba, pero no dejaba de mover las manos.
Ricardo apareció media hora después en una camioneta vieja, molesto desde que bajó.
“¿Todo este show por una pelea de chamacos?”
Lo miré directo.
“Tu hijo dijo que no soy nada para él. Que mis hijos no son su familia. Entonces decidí creerle.”
Ricardo se rio con desprecio.
“Pues al menos alguien aquí les enseña a no venderse por regalos.”
Mariana levantó la cara.
“¿Qué dijiste?”