PARTE 1
“Si no sabe nadar, entonces no vale nada.”
Eso fue lo que dijo mi papá mientras mi hermana acababa de aventar a mi hija al agua helada, como si no fuera una niña de ocho años, sino un costal viejo que estorbaba en la familia.
Hasta ese día entendí que en mi casa nunca confundieron la crueldad con amor por error. Lo hacían a propósito.
Habíamos ido a la cabaña familiar en las orillas de una laguna de alta montaña, cerca del Nevado de Toluca. Era finales de noviembre y el aire quemaba la garganta. Los árboles parecían esqueletos y el agua tenía esa capa fina de hielo que da miedo hasta de verla. Yo no quería ir, pero mi mamá me llamó dos días antes con esa voz suya de víctima de telenovela.
“Nomás ven una tarde, Natalia. Tu papá ya no está bien del corazón. Quiere ver a la familia unida.”
En mi familia, “estar unidos” siempre significó otra cosa: aguantar humillaciones sin hacer preguntas.
Mi hija, Sofi, iba abrazada a mí desde que llegamos. Traía un abrigo rosa, gorrito tejido y los ojos enormes de puro nervio. Desde un accidente en clases de natación dos años antes, le tenía pavor al agua profunda. Yo jamás la obligué. Siempre pensé que el miedo se cura con paciencia, no con golpes.
Pero mi hermana Vanessa nunca creyó en la paciencia. Ella era la consentida, la que mi papá presumía como “la fuerte”, la que según él sí había salido con carácter. Estaba parada al final del muelle de madera, con sus botas caras y esa sonrisa filosa que siempre usaba cuando quería hacerte sentir menos.
“Ya tiene ocho años, Natalia. La traes como bebé. Por eso todo le da miedo”, dijo mirando a Sofi de arriba abajo.
“No tiene que demostrarte nada”, le respondí, apretando la mano de mi niña.
Mi papá, Arturo Salgado, soltó una risita asquerosa detrás de nosotras. Traía un vaso con tequila, a pleno mediodía, como siempre.
“Ese es tu problema, Natalia. Haces débiles a todos. En mis tiempos, el miedo se quitaba a la mala o no se quitaba nunca.”
Debí irme en ese momento. Lo pensé. Lo sentí. Pero cuando creces en una casa donde hacer escándalo es pecado mortal, aprendes a tragarte la alarma.
Entonces Vanessa se agachó frente a Sofi. Por un segundo hasta pareció amable.
“Ven, mi reina. Nada más toca el agua con la mano. Vas a ver que no pasa nada.”
Sofi negó con la cabeza, desesperada.