Parte 2 :
Los agentes llegaron en menos de diez minutos. Alejandro todavía estaba frente a mí, respirando con fuerza, cuando sonó el timbre. Se quedó inmóvil. Doña Patricia, por su parte, se secó las lágrimas con rapidez y adoptó una expresión de víctima indefensa.
Abrí la puerta con serenidad. Dos policías de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México entraron y observaron la escena con atención.
— Hemos recibido un reporte por amenazas — dijo uno de ellos con tono profesional.
— Es solo una discusión de pareja — intervino Alejandro de inmediato. — Nada grave.
— Mi esposo me ha amenazado — respondí con calma. — Y no es la primera vez.
El silencio se volvió denso. Alejandro me miraba como si no pudiera creer que hubiera llegado tan lejos. Doña Patricia empezó a hablar atropelladamente.
— Ella exagera, siempre exagera… somos familia…
— Precisamente por eso debemos intervenir — respondió el agente con firmeza. — Señor, le recomendamos que abandone la vivienda por esta noche.
Alejandro apretó los dientes.
— Esta es mi casa.
— No lo es — contesté tranquila.
Los policías permanecieron en la sala mientras Alejandro recogía algunas cosas en una maleta. Sus movimientos eran bruscos, cargados de resentimiento. Doña Patricia murmuraba reproches en voz baja, pero evitaba enfrentarse a los agentes.
Cuando Alejandro pasó por la puerta, se detuvo un segundo.
— Te vas a arrepentir.
Lo miré sin alterarme.
— Me arrepiento solo de no haberlo hecho antes.
La puerta se cerró y la casa quedó en silencio. Un silencio diferente, limpio.
Al día siguiente acudí a mi abogado. Aceleramos el proceso de divorcio y solicitamos medidas preventivas. No quería más intimidaciones.