“PARTE 2: —Usted se viene conmigo —dijo el desconocido, con una voz tan firme que nadie en el camión se atrevió a contradecirlo.
Era un hombre de unos sesenta años, alto, impecable, con el cabello plateado y unos ojos que parecían conocer demasiadas verdades. No pidió permiso. Me cargó con cuidado, como si yo fuera de cristal, y le ordenó al chofer abrir la puerta de emergencia.
—¡No puede llevársela así! —gritó alguien.
Él volteó apenas.
—Puede quedarse aquí viendo cómo pierde a sus hijos o puede dejarme salvarlos.
Nadie habló más.
Afuera, la lluvia caía con furia. Un vehículo negro esperaba junto a la banqueta, con dos hombres vestidos de civil. Me subieron al asiento trasero, me cubrieron con una manta y el desconocido tomó mi celular.
Leyó el mensaje de Santiago. Su rostro cambió.
—Ese muchacho siempre creyó que el apellido Aranda podía comprar hasta la sangre.
—¿Quién es usted? —pregunté, casi sin voz.
Él me entregó una tarjeta negra con letras doradas.
“Ernesto Beltrán Salcedo”.
Casi dejé caer la tarjeta.
Todos en México conocían ese nombre. Empresario, exmagistrado, dueño de hospitales, constructoras y medios. Un hombre que no salía en fiestas, pero al que políticos y millonarios jamás desafiaban en público.
—¿Por qué me ayuda? —gemí, mientras otra contracción me partía en dos.
Él miró mi vientre, luego mis ojos.
—Porque le fallé a tu madre.
El mundo se volvió confuso.
Mi madre, Isabel, había muerto cuando yo era bebé. Eso me dijeron siempre: una enfermedad repentina, una familia sin recursos, una niña criada por una tía en Puebla. Yo había llegado a Santiago años después, en una gala de beneficencia, creyendo que era suerte que un hombre tan poderoso se fijara en mí.
—Mi madre no lo conocía —dije.
Don Ernesto apretó la mandíbula.
—Tu madre me escribió una carta antes de morir. Me pidió protegerte si los Aranda se acercaban a ti. La carta llegó tarde.
No pude responder. Sentí un calor húmedo entre las piernas.
—Creo que rompí fuente —dije, aterrada.
El vehículo aceleró. Afuera, una sirena oculta empezó a sonar.
—Vamos al Hospital Santa Regina —ordenó él—. Cierren accesos. Nadie de la familia Aranda entra.
Pero Santiago ya estaba ahí.
Cuando llegamos al hospital, me bajaron en camilla. Médicos corrieron hacia mí. Al cruzar el lobby, lo vi: Santiago golpeaba el mostrador, fuera de control.
—¡Son mis hijos! —gritaba—. ¡Tengo derecho a decidir! ¡Ella no está bien de la cabeza!
Renata estaba detrás de él, pálida, ya no tan segura.