PARTE 1
“Firma y deja de hacerte la víctima, Valeria. Toma tus 8,000 pesos y desaparece antes de que nazcan mis hijos.”
Eso fue lo último que me dijo Santiago Aranda, mi esposo, mientras yo estaba sentada frente a él con seis meses de embarazo y tres bebés moviéndose dentro de mí.
La sala de juntas de Aranda Global, en el piso cuarenta y dos de una torre en Santa Fe, estaba helada. Afuera, la Ciudad de México se veía gris, llena de lluvia y tráfico, pero adentro todo era peor: silencio, abogados caros y la mirada fría del hombre con el que me había casado cinco años atrás.
El documento de divorcio temblaba entre mis manos. No decía “separación”. Decía renuncia. Renuncia al departamento en Polanco, a las cuentas, al seguro médico, a todo. A cambio, una transferencia miserable “por apoyo temporal”.