Mi esposo entró a casa a las 11 de la noche, admitió con calma que estaba saliendo con su secretaria y sonrió como si no significara nada. Para la mañana siguiente, tod… En voir plus
El silencio se volvió insoportable.
Rodrigo tragó saliva.
“¿Qué declaró?”
Laura lo miró con una seriedad que nunca le había visto.
“Que usted insistió durante semanas. Que le pr
ometió ascenderla. Que le dijo que si ella no era ‘leal’, su futuro en el despacho se podía complicar.”
Rodrigo se levantó de golpe.
“¡Eso es mentira!”
Don Ernesto golpeó la mesa con un dedo.
“Siéntate.”
Por primera vez en años, Rodrigo obedeció.
El hombre que siempre usaba su puesto para intimidar se quedó pequeño en una silla de cuero.
“Estoy suspendido, ¿verdad?”, preguntó.
“Por ahora”, respondió el abogado. “Sin goce de sueldo. Sin acceso a sistemas. Sin contacto con clientes. Y sin contacto con Valeria.”
Rodrigo quiso explicar, manipular, llorar si era necesario. Pero no encontró una sola frase que no sonara culpable.
Cuando salió de la sala, su celular vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Soy la licenciada Paredes, abogada de la señora Mariana Herrera. Toda comunicación deberá hacerse por medio de este despacho.
Rodrigo bajó al estacionamiento casi corriendo.
Pero su camioneta ya no estaba.
En su lugar había otro papel, pegado en el parabrisas de un taxi que acababa de detenerse frente a él.
El vehículo está a nombre de Mariana. No intentes reportarlo como robado.
Y entonces Rodrigo entendió que todavía no había visto todo lo que ella tenía preparado.
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