PARTE 1
“Me acosté con mi secretaria… y no pienso dejar de verla.”
Rodrigo Salinas soltó la frase a las 11:07 de la noche, parado en la entrada de su casa en la colonia Del Valle, como si acabara de decir que se le había hecho tarde por el tráfico de Insurgentes.
Dejó las llaves sobre la mesita, se quitó el saco y aflojó la corbata. Olía a perfume caro, a whisky y a esa seguridad arrogante de los hombres que creen que el mundo siempre les va a perdonar todo.
Mariana estaba junto al comedor, con un trapo húmedo en la mano. La cena ya estaba fría. Había preparado enchiladas suizas porque era el platillo favorito de él, aunque desde las siete de la tarde había sabido que algo andaba mal.
Le había mandado once mensajes.
¿Vienes en camino?
¿Todo bien?
¿Quieres que te espere?
Llámame, por favor.
Ninguno tuvo respuesta.
Pero cuando Rodrigo entró, Mariana no gritó. No lloró. Ni siquiera le tembló la voz.
Solo lo miró.
Rodrigo sonrió, molesto por no ver el espectáculo que esperaba.
“¿Eso es todo?”, preguntó. “¿No vas a hacer tu drama de siempre?”
Mariana dejó un plato en la tarja con cuidado.
“Ya dijiste lo que querías decir.”