Me fui de viaje de negocios por un mes, y apenas llegué a casa, mi esposo me abrazó con fuerza: ‘Vamos al cuarto, te extrañé demasiado…’. Sonreí, sin imaginar que ese abrazo sería el inicio de una cadena de días imposibles de olvidar. Porque no solo él me estaba esperando en esa casa…”Ciudad de México, a inicios de mayo. La primera lluvia de la temporada caía de manera inesperada, como el ánimo de una mujer que acababa de salir del aeropuerto después de un mes de trabajo … Voir plus

Mariana rió, acurrucándose en su hombro. El olor de su piel, su respiración acelerada, el brillo en sus ojos: todo la hacía sentir en paz. Asintió:
—“Déjame ducharme primero.”

Ricardo puso cara de niño caprichoso, pero accedió. Mientras ella se bañaba, él puso música suave y le preparó un jugo de naranja, que dejó sobre la mesa. Detalles simples, pero que para Mariana significaban todo.

Esa noche, se abrazaron como si nunca se hubieran separado. Ricardo le susurraba palabras dulces, y Mariana se sentía afortunada. Sabía que muchas mujeres allá afuera cargaban solas con el peso del mundo, pero ella tenía a un hombre que la cuidaba y la hacía sentir amada.

A la mañana siguiente, Ricardo se levantó temprano para preparar el desayuno: huevos, pan y un café con leche fría, justo como a ella le gustaba. Él dijo:
—“Recupérate, amor.”

Mariana sonrió feliz. Quizá decían que los hombres mexicanos no eran muy románticos, pero su esposo era una excepción.

Pero la felicidad, a veces, es como un vidrio: transparente, hermoso… y frágil.