“Enviado.”
El teléfono de Madison sonó. Se quedó mirando la pantalla, leyendo la notificación que acababa de arruinar su ascenso, su bono y, probablemente, su puesto en su propia empresa.
—Me destruiste —sollozó.
—No, Madison —dije, poniéndome de pie y alisándome la falda—. Solo estaba sujetando el espejo. Si no te gusta lo que ves, ese es tu problema.
Las puertas de la sala de conferencias se abrieron. Entraron guardias de seguridad con trajes oscuros.
—Señora Morrison —dijo el jefe de seguridad—. ¿Debemos acompañar a los invitados afuera?
Miré a mi familia: mi madre lloraba, mi padre estaba en estado de shock, mi hermana estaba destrozada.
—Todavía no —dije—. Aún necesitan ver algo. Llévenlos al atrio.
El Atrio era el corazón de Tech Vault. Era un espacio de trabajo amplio y abierto donde desarrolladores, ingenieros y enlaces con la comunidad trabajaban codo con codo. Era un lugar vibrante, diverso y lleno de energía.
Mientras caminábamos por la pasarela de cristal con vistas a la planta de la fábrica, todas las miradas se giraban. Los trabajadores nos saludaban con la mano. Algunos gritaban: “¡Buenos días, Della!”.
—¿Te llaman por tu nombre? —murmuró el tío Har.
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