PARTE 1
“Ya no me quiero casar con Mariana.”
Me quedé paralizada justo antes de empujar la puerta corrediza del salón privado. Tenía la mano todavía sobre la manija, el abrigo doblado en el brazo y el celular vibrando con el último mensaje de un cliente que, como siempre, necesitaba una respuesta “urgente” a las nueve de la noche.
Había llegado diecisiete minutos tarde.
No porque no me importara la cena. No porque quisiera hacerme la importante. Sino porque esa tarde había tenido que apagar tres incendios legales en una empresa que estaba a punto de quebrar. A mis treinta y cuatro años, ser socia en un despacho de abogados corporativos no significaba elegancia, tacones y brindis. Significaba vivir entre contratos rotos, bancos impacientes y empresarios que sonreían mientras sus números se desangraban.
La cena era en un restaurante caro de Polanco, de esos donde las lámparas parecen joyas, los meseros se mueven como sombras y todos hablan bajito para aparentar más dinero del que tienen. Era una cena con amigos, supuestamente para celebrar que faltaban tres meses para nuestra boda.
Pero detrás de la puerta, Mauricio se estaba riendo de mí.
“No sé cómo decirlo sin verme como un desgraciado”, continuó él, con esa voz encantadora que yo conocía demasiado bien. “Pero Mariana se volvió pesada. Siempre cansada, siempre seria, siempre resolviendo problemas ajenos. Antes era más… divertida.”
Luego vino la risa.
Reconocí la de Rodrigo. La de Fernanda. Incluso la de Sofía, que me había acompañado a probarme vestidos de novia dos semanas antes.
Sentí algo frío bajarme por el pecho, pero no lloré. En mi trabajo, cuando alguien miente, aprendes a quedarte quieta. A escuchar. A no interrumpir antes de que el daño se revele solo.
“Pobrecita”, dijo Fernanda. “Pero también, Mau, tú eres demasiado para ella. Tú estás creciendo muchísimo.”
Mauricio soltó una risita corta.
“Exacto. Yo estoy en otro nivel. Mi empresa está por cerrar el acuerdo más importante del año. Y ella… ella cree que porque revisa papelitos puede opinar de todo.”
Ahí entendí.
No me veía como su pareja. Me veía como una molestia bien vestida. Una mujer útil cuando estaba callada, incómoda cuando tenía voz.
Abrí la puerta.