Le compré a mis padres una casa frente al mar para que descansaran, pero meses después mi cuñado cambió las chapas y les gritó “ustedes aquí ya estorban” frente a sus maletas.

PARTE 2: Yo no grité. Eso fue lo que más asustó a mi hermana.
Cuando me enojo de verdad, mi voz se vuelve baja. Miré a Mauricio, luego a Paola, luego a mi madre llorando junto a la jardinera donde ella misma había sembrado bugambilias.
—Dame las llaves —le dije.
Mauricio soltó una risa seca.
—No puedes venir a ordenar en una propiedad que ya está bajo nuestra administración.
—¿Administración de quién?
Sacó una carpeta negra de piel falsa y empezó a sacar hojas impresas. Contratos bajados de internet, cartas sin notarizar, una supuesta autorización con la firma de mi mamá.
Mi mamá negó con la cabeza.
—Yo no firmé eso, Andrés. Te lo juro por la Virgen.
Tomé la hoja. La firma parecía la de ella, pero torcida, temblorosa, hecha por alguien que la había copiado viendo una credencial.
—Esto es falsificación —dije.
Paola por fin habló.
—No exageres. Mauricio solo quería ayudarnos. La casa cuesta mucho mantenerla. El predial, la luz, el seguro contra huracanes…
—Todo eso lo pago yo —la interrumpí—. Desde el primer día.
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