Meses después, cuando las cosas se calmaron, Gabriel comenzó a limpiar el negocio, cortando alianzas con los peores socios y legalizando todo lo que podía. Mía se convirtió en sus ojos y su conciencia, la única persona capaz de hablarle sin miedo y la única cuya opinión realmente le importaba. Trasladó a su madre a una residencia mejor y la visitaba cada domingo, siempre con Gabriel a su lado. Él jamás intentó quitarle la luz; aprendió a caminar junto a ella.
A veces, cuando la ciudad se encendía bajo sus pies desde lo alto del penthouse, Mía pensaba en la noche del punto rojo. En cómo una sola decisión había incendiado un imperio y cambiado su vida para siempre.
Gabriel solía abrazarla por detrás y preguntarle en voz baja:
—Si volvieras a ver ese punto, ¿lo harías de nuevo?
Mía sonreía sin apartar la vista del horizonte.
—Sí. Pero esta vez te tiraría con más estilo.
Y él se reía, ese sonido raro y oscuro que solo ella sabía sacarle.
Porque al final, la bala no había dado en el corazón de Gabriel Montiel.
Le dio algo mucho peor.
Le dio amor.
próxima