La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar… La distancia entre la vida y la muerte fue de menos de un centímetro. Eso fue lo único que separó la charola de copas que cayó al suelo de la bala que habría atravesado el corazón del hombre más temido de la Ciudad de México.… En voir plus

Meses después, cuando las cosas se calmaron, Gabriel comenzó a limpiar el negocio, cortando alianzas con los peores socios y legalizando todo lo que podía. Mía se convirtió en sus ojos y su conciencia, la única persona capaz de hablarle sin miedo y la única cuya opinión realmente le importaba. Trasladó a su madre a una residencia mejor y la visitaba cada domingo, siempre con Gabriel a su lado. Él jamás intentó quitarle la luz; aprendió a caminar junto a ella.

A veces, cuando la ciudad se encendía bajo sus pies desde lo alto del penthouse, Mía pensaba en la noche del punto rojo. En cómo una sola decisión había incendiado un imperio y cambiado su vida para siempre.

Gabriel solía abrazarla por detrás y preguntarle en voz baja:

—Si volvieras a ver ese punto, ¿lo harías de nuevo?

Mía sonreía sin apartar la vista del horizonte.

—Sí. Pero esta vez te tiraría con más estilo.

Y él se reía, ese sonido raro y oscuro que solo ella sabía sacarle.

Porque al final, la bala no había dado en el corazón de Gabriel Montiel.

Le dio algo mucho peor.

Le dio amor.

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