La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…
La distancia entre la vida y la muerte fue de menos de un centímetro.
Eso fue lo único que separó la charola de copas que cayó al suelo de la bala que habría atravesado el
El estruendo sacudió el salón. La bala atravesó la mesa de madera donde un segundo antes había estado el torso de Gabriel y lanzó astillas, cristal y vino por todas partes. La gente gritó. Elías ya tenía el arma fuera. Nicolás tumbó la mesa para cubrirlos.
Mía quedó encima de Gabriel, respirando contra su cuello, sintiendo el olor a sándalo, pólvora y peligro. Cuando levantó la cara, vio los ojos de él abiertos de par en par. La calma aburrida había desaparecido; ahora había algo mucho peor: concentración absoluta.
Gabriel le tocó la sien. Sus dedos salieron manchados de sangre.
—Estás herida.
—Vi… vi un punto rojo —balbuceó ella—. En su camisa.
Elías tiró de Gabriel para levantarlo. Nicolás hablaba a gritos por radio. Todo era caos.
Pero Gabriel no soltó la muñeca de Mía.
próxima