La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar… La distancia entre la vida y la muerte fue de menos de un centímetro. Eso fue lo único que separó la charola de copas que cayó al suelo de la bala que habría atravesado el corazón del hombre más temido de la Ciudad de México.… En voir plus

Y se desmayó.

Mía llamó al número de emergencia que él le había dado. Un médico clandestino llamado Víctor llegó en una furgoneta gris y lo operó en una clínica escondida bajo una lavandería del barrio de la Guerrero. Durante horas, Mía se quedó sentada viendo el monitor del pulso, temiendo cada silencio.

Cuando Gabriel despertó, al amanecer, la encontró dormida en una silla con la mano todavía sobre su antebrazo.

—¿Sigues aquí? —murmuró él.

Mía abrió los ojos de golpe y soltó una risa quebrada.

—Planeaba robarte el reloj, pero decidí esperar a que despertaras.

Él alzó la mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Me salvaste otra vez.

Mía quiso bromear. Quiso hacerse la dura. Pero no pudo.

—No te me mueras, ¿sí?

Hubo un silencio espeso.

—Mía —dijo él muy bajo—. Quédate conmigo.

Ella supo que ya era tarde. Se estaba enamorando del peor hombre posible.

Los siguientes días les trajeron noticias negras. Nicolás había tomado el control. Había difundido que Gabriel estaba muerto y convocado una cumbre para consolidar su poder en el penthouse de Reforma. Elías apareció muerto en un canal. Los leales fueron purgados.

—Voy a matarlo —dijo Gabriel, todavía pálido, intentando levantarse de la cama.

—Tú no puedes ni caminar sin hacer cara de sufrimiento —replicó Mía.

Agarró un plumón y dibujó el penthouse en una pizarra.

—No vamos a entrar como soldados. Vamos a entrar como invisibles.

Consiguió uniformes de catering, cambió el color de su cabello, se puso lentes gruesos y se convirtió en una empleada más del servicio. Nadie mira a una mesera. Nadie recuerda a la mujer que sostiene una charola.

En la fiesta del falso rey, Nicolás brindaba con el traje favorito de Gabriel puesto sobre el cuerpo, como si la ropa pudiera darle autoridad.

Mía se movió entre los invitados con la cabeza baja. Cuando un mesero tiró un plato, aprovechó la distracción, se metió tras la barra y conectó un USB con un virus que apagó cámaras y sensores. Luego dio la señal.

Minutos después, las puertas del elevador de servicio se abrieron.

Gabriel Montiel entró en el salón como si regresara del infierno y le perteneciera también.

El silencio fue total.

Nicolás quedó blanco.

—Imposible…

—Quítate de mi lugar —dijo Gabriel.

Se desató el caos, pero esta vez Gabriel venía preparado. Desarmó a tres hombres antes de que pudieran reaccionar. Nicolás gritó, Rossi trató de sacar un revólver oculto y Mía, sin pensarlo, tomó una charola de plata y se la lanzó a la cara. El disparo de Rossi se fue al techo. Gabriel giró y lo neutralizó de un tiro.

Nicolás aprovechó el instante para buscar otra arma caída. Mía metió la mano al bolsillo del delantal y sacó un collar de diamantes que había encontrado en la caja fuerte privada: prueba del trato con Rossi. Lo alzó justo cuando la luz del candelabro lo golpeó.

El destello cegó a Nicolás una fracción de segundo.

Fue suficiente.

Gabriel llegó hasta él de dos pasos y lo derribó de un golpe brutal con la culata del arma.

Nadie más se movió.

—La reunión terminó —anunció Gabriel, mirando a los otros jefes—. Már

chense antes de que cambie de opinión.

Se fueron.

próxima