PARTE 1
“Llévate a esa niña inútil y lárgate de mi casa.”
Mi suegra me lo gritó en pleno recibidor, todavía con el olor a flores del velorio metido en las paredes y con mi hija Sofi agarrada de mi mano, temblando. Mi esposo, Julián, llevaba apenas tres días muerto. Se había estrellado de madrugada en la autopista México-Toluca, manejando su coche deportivo bajo la lluvia, y yo seguía sin dormir más de dos horas seguidas. No estaba ahí para pelear. Tampoco para llorar. Estaba ahí porque, hasta esa mañana, yo seguía siendo la esposa legal de Julián.
La casa en Lomas de Chapultepec brillaba como siempre: pisos de madera impecables, lámparas importadas, cuadros carísimos y esa falsa elegancia que Julián tanto presumía frente a sus socios. Una casa que todos creían de él. Una casa que, en realidad, se había mantenido en pie durante años gracias a mí.
Soy Elena. Tengo treinta y cuatro años. Soy contadora forense. Y durante diez años fui la mujer que arreglaba en silencio los desastres financieros de un hombre que necesitaba aparentar éxito para sentirse importante.
Cuando escuché los tacones bajar por la escalera, levanté la vista. Ahí venía Beatriz, mi suegra, vestida de negro, con su collar de perlas y esa cara de desprecio que me regaló desde el primer día que me vio. Y junto a ella bajaba Fernanda, la “asistente de marketing” de veintidós años a la que Julián llevaba meses escondiéndome mal. Llevaba un vestido entallado y una mano sobre el vientre. Estaba embarazada. No hacía falta que nadie me explicara de quién.
Beatriz se detuvo frente a mí y cruzó los brazos.
“Hablé con los abogados de mi hijo”, dijo, saboreando cada palabra. “Y ya quedó claro que todo esto se tiene que proteger para el verdadero heredero.”
Se volvió hacia Fernanda y sonrió con una ternura que jamás tuvo con Sofi. Luego me señaló con el dedo.
“La casa, las cuentas, los carros, las acciones. Todo es de Julián, y yo me voy a encargar de que pase a su sangre. No a ti. No a esa niña. Tú nomás recoge tus cosas y vete.”
Sofi apretó más fuerte su conejo de peluche. Yo sentí cómo me ardía el pecho. No por mí. Por ella. Por mi hija de cinco años, a la que su propia abuela estaba borrando de un plumazo mientras la amante de mi marido me miraba como si ya fuera la nueva dueña de todo.
Fernanda se acarició el vientre y soltó una sonrisita.
“Perdón, Elena, pero así son las cosas. Julián quería un hijo que continuara con su apellido.”
No le contesté. Miré a Beatriz. Luego a Fernanda. Después miré la escalera, las paredes, el despacho de Julián al fondo, los muebles que yo había pagado, administrado o salvado de embargo más veces de las que cualquiera imaginaba.
Julián había muerto, sí. Pero no murió siendo un gran empresario. Murió siendo otra cosa.
“Está bien”, dije.
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