No alcé la voz. No lloré. Ni siquiera lo miré a los ojos. Me sequé las manos, fui a mi habitación, cerré la pequeña maleta que siempre dejaba medio hecha y dejé la llave en la cómoda. Mientras Laura fingía no darse cuenta y mi nieta dormía en la habitación de al lado, salí con el corazón apesadumbrado. Llamé a un taxi y, antes de subir, miré la casa por última vez. En ese instante, tomé una decisión que lo cambiaría todo al día siguiente.
Parte 2
Pasé la noche en un modesto hotel cerca del puerto. Apenas pude conciliar el sueño, pero mi mente se sentía extrañamente lúcida. A las ocho de la mañana siguiente, estaba sentado en el despacho de mi abogado, Julián Ferrer, la única persona, aparte del administrador del premio, que conocía mi situación. Sobre su escritorio había varias carpetas: una con los documentos de la lotería, otra con planes de inversión y una tercera con listados de propiedades.
Una propiedad destacó de inmediato: la villa exacta con la que Daniel y Laura habían soñado. Una casa moderna en un barrio exclusivo, con cocina abierta, piscina infinita y un jardín donde Inés podía correr libremente. Ya la habían visitado dos veces, pero estaba fuera de su alcance. Para mí, no.
Julián me preguntó si estaba seguro.
—No quiero destruirlos —le dije—. Solo necesito saber si alguna vez me consideraron realmente parte de su familia.
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