PARTE 1
Alejandro Garza, de 32 años, despertó en su inmensa mansión en San Pedro Garza García con una duda que le devoraba el alma. A través de los enormes ventanales, los primeros rayos del sol iluminaban un día que cambiaría su vida para siempre. Su prometida, Valeria, apareció en el umbral de la puerta envuelta en una exclusiva bata de seda roja. El aroma de su perfume francés de 400 dólares inundó la habitación, pero a Alejandro solo le provocó un vacío en el pecho.
“Amor, ya despierta. Hoy tenemos la reunión con el planeador de bodas más cotizado de todo Nuevo León”, dijo Valeria, revisando su celular de última generación sin siquiera mirarlo a los ojos.
Alejandro suspiró, pasándose la mano por el cabello. Había algo en la sonrisa de Valeria que jamás llegaba a ser genuino. “¿No podemos posponerlo?”, preguntó, sintiendo un nudo en el estómago. “La fusión con la constructora me tiene agotado”.
Valeria frunció el ceño, arrugando la frente que acababa de tratar con bótox. “Ya lo pospusimos 3 meses, Alejandro. ¿Acaso no te quieres casar conmigo? El anillo que elegí cuesta 220000 pesos y ni siquiera me has dicho si te gusta”.
Antes de que él pudiera responder, sonaron 2 toques suaves en la puerta. Era Carmen, la empleada doméstica que llevaba 5 años trabajando en la casa. Llevaba su impecable uniforme gris y mantenía la mirada baja mientras entraba con el desayuno.
“Con permiso, señor”, murmuró suavemente. “Le traje su jugo de naranja y sus chilaquiles verdes, justo como le gustan”.
“Gracias, Carmen”, respondió Alejandro, notando el tremendo cuidado con el que la joven colocaba la bandeja.
Valeria rodó los ojos con profundo desprecio. “Por Dios, Carmen, ¿no puedes esperar a que terminemos de hablar? Y cambia esas sábanas hoy mismo, ya pasaron 2 días y huelen a encierro”.
Carmen asintió sin levantar la vista, pero Alejandro notó el ligero temblor en sus manos marcadas por el trabajo. “No hay necesidad de hablarle así”, intervino con firmeza. “Solo hace su trabajo”.
“Como quieras”, respondió Valeria con indiferencia, volviendo a su pantalla.
Fue en ese exacto segundo cuando algo hizo clic en la mente de Alejandro. Llevaban 3 años de noviazgo y jamás había visto a Valeria preocuparse por alguien que no fuera ella misma.
“¿De verdad me amas a mí, o amas mi dinero?”, soltó de golpe.
El rostro de Valeria pasó de la sorpresa a la indignación calculada. “¿Cómo te atreves a preguntarme algo así?”, gritó, temblando dramáticamente, y salió dando un portazo. Carmen se deslizó fuera de la habitación, pero antes, Alejandro vio algo en sus ojos. Era pura compasión.
Esa misma tarde, Alejandro citó a su mejor amigo y médico personal, el doctor Rodrigo. “Estás completamente loco”, le dijo el doctor. “¿Fingir 1 parálisis temporal para probar a tu prometida?”.
“Serán solo 2 semanas”, insistió Alejandro. “Diré que tuve 1 accidente en el gimnasio. Quiero ver quién está a mi lado por mí, y no por mis millones”.
A las 6 de la tarde, la trampa estaba lista. Rodrigo llamó a Valeria con voz fúnebre para darle la noticia del falso accidente. Alejandro, acostado en la cama del hospital privado, escuchó los pasos apresurados acercarse a su puerta. El picaporte giró lentamente. Estaba a punto de descubrir la verdad, sin imaginar que el infierno estaba por desatarse.
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