El padre soltero que trabajaba de camarero bailó con la hija traumatizada del director ejecutivo; la canción hizo llorar al padre.
El salón principal del Hotel Imperial brillaba como si hubiera atrapado el sol dentro de sus candelabros. La música de la orquesta subía y bajaba como una marea elegante, las copas chocaban con delicadeza y las risas de la alta sociedad llenaban cada rincón con esa seguridad que solo da el dinero. Era la noche del aniversario de Grupo Salinas del Valle, una de las corporaciones más poderosas de México, y todo estaba calculado para impresionar: las flores blancas, la alfombra color marfil, los vestidos imposibles, los trajes cortados a medida.
Y, sin embargo, en una esquina del salón, sentada sola en una silla tapizada de t
Mateo tenía treinta y seis años, era viudo, padre de una niña de nueve, y trabajaba como mesero en el hotel haciendo turnos dobles siempre que podía. No llevaba un traje de diseñador, sino un uniforme negro impecablemente planchado, una charola de copas y el cansancio digno de quien ha aprendido a seguir de pie por amor. Vivía en un departamento pequeño al oriente de la ciudad con su hija Valeria, que cada noche lo esperaba despierta para preguntarle cómo le había ido el día, como si él regresara de salvar al mundo y no de cargar bandejas.
En el bolsillo interior de su saco guardaba siempre un pañuelo viejo de tela azul con pequeñas flores amarillas bordadas. Lo había llevado consigo durante años como si fuera un talismán. Muy pocas veces lo sacaba, pero cuando lo tocaba recordaba que había sobrevivido a demasiado como para volverse ciego al dolor ajeno.
Esa noche le habían asignado la zona VIP, lo cual significaba más trabajo, más presión y tal vez mejores propinas. Necesitaba esas propinas. Valeria tenía una excursión escolar a Guanajuato y él le había prometido que iría.
Mateo estaba rellenando copas cerca de la mesa de Camila cuando escuchó las burlas. Luego vio algo que le apretó el corazón: la forma en que ella inclinó un poco los hombros, como si quisiera doblarse hacia adentro y desaparecer. Reconoció esa postura al instante. La había visto en el espejo durante meses después de enterrar a su esposa. La había visto también en veteranos, en enfermos, en gente a la que el mundo primero golpea y luego culpa por no sonreír.
próxima