—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Sara.
—¿Y él?
La niña miró al bebé.
—No tiene nombre todavía.
Marcelo tragó saliva.
La ambulancia llegó. Los paramédicos confirmaron lo que ya era evidente. La madre había muerto hacía más de un día.
La policía tomó notas. Servicios sociales fueron notificados.
Sara no soltó al bebé en ningún momento.
Cuando una trabajadora social intentó tomarlo para revisarlo, la niña reaccionó con una fuerza casi salvaje.
—¡Es mío!
Marcelo observaba la escena con una tensión creciente en el pecho.
—Déjenla —intervino—. Yo la convenzo.
Se acercó lentamente.
—Sara, necesitan revisarlo para asegurarse de que está bien. Si él está bien, tú estarás más tranquila, ¿sí?
Ella lo miró durante un largo momento. Algo en su voz, quizás, no sonaba como promesa vacía.
Finalmente, permitió que examinaran al bebé, pero no se apartó ni un paso.
Desnutrición leve. Deshidratación. Nada irreversible.
Un milagro pequeño.
Cuando la ambulancia se fue con el cuerpo de la madre, el silencio cayó sobre la construcción abandonada.
—Deben ir a un centro temporal —dijo la trabajadora social—. Mañana evaluaremos la situación.
Sara volvió a tensarse.
Marcelo sintió algo que no había sentido en años.
Miedo.
No por él.Próxima