El magnate vio a su exnovia en el avión… y a su lado iban tres niños trillizos idénticos a él. En ese instante, se quedó sin aliento…

Alejandro esperó junto a la salida VIP sin mirar el teléfono, sin responder a sus asistentes, sin aceptar llamadas. El conductor le escribió tres veces preguntando si ya salía. Él no contestó.

Por primera vez en años, uno de los hombres más ocupados del país no podía pensar en negocios, juntas, inversiones ni cifras.

Solo en tres niños.

Y en una mujer que estaba a punto de destrozarle o devolverle la vida.

Valeria apareció varios minutos después, empujando un carrito pequeño con las maletas de los niños. Llevaba el cabello ligeramente desordenado, el cansancio pintado en el rostro, y esa dignidad suave que tanto lo había desarmado cuando eran jóvenes.

—Los niños van conmigo al coche —dijo ella, evitando cualquier saludo—. Tenemos veinte minutos antes de que llegue mi hermana por ellos. Habla rápido.

Alejandro la miró, incrédulo.

—¿Hablar rápido? ¿Eso es todo lo que me vas a conceder después de siete años?

Ella sostuvo la mirada.

—Siete años en los que tú tampoco me buscaste hasta encontrarme.

Él dio un paso hacia ella.

—Te busqué como un loco durante meses.

Valeria parpadeó, sorprendida de verdad.

—No.

—Sí. Cambiaste de número, cerraste tus redes, dejaste el departamento, nadie sabía nada de ti. Fui a Guadalajara, fui a casa de tu tía en Querétaro, incluso hablé con Laura.

El rostro de Valeria cambió.

—Laura me dijo que nunca preguntaste por mí.

Alejandro entendió en ese instante que una parte de la historia había sido manipulada.

—Laura me dijo que tú te habías ido con alguien más. Que no querías volver a verme.

Valeria soltó una risa rota, amarga.

—Claro… Laura.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver Laura en esto?