Valeria tragó saliva.
—Sí… hace muchos años.
Emiliano sonrió con inocencia.
—Se parece un poquito a nosotros.
Nadie respiró.
Ni Valeria.
Ni Alejandro.
Ni siquiera la sobrecargo que, al pasar cerca, percibió el silencio raro y siguió de largo sin decir nada.
Santiago, el más observador, miró directo a Alejandro.
—¿Usted por qué nos ve así?
La pregunta fue una puñalada limpia.
Alejandro abrió la boca, pero ninguna respuesta parecía suficiente. ¿Qué podía decir? ¿Que los estaba mirando como un hombre sediento mira el agua después de años en el desierto? ¿Que, sin conocerlos, ya sentía una necesidad irracional de abrazarlos? ¿Que el corazón le estaba gritando una verdad para la que aún no tenía confirmación?
—Porque… —dijo al final, con la voz ronca— me recuerdan a alguien que fui hace mucho tiempo.
Santiago lo siguió observando, como si intentara resolver un misterio.
Valeria apretó la mano del niño y miró a Alejandro con una súplica silenciosa: basta.
Pero ya era demasiado tarde.
El vuelo aterrizó en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco antes del anochecer.