“Buenos días, hija. ¿Habló mi muchacho?”, preguntó Carmen con los ojos iluminados.
“Sí, mandó el dinero de este mes. Pero ni se emocionen, que todo está carísimo y la casa necesita arreglos”, respondió Valeria fríamente, sacando apenas 2 billetes de baja denominación y dejándolos sobre la mesa.
Diego miró el dinero. No alcanzaba ni para la mitad de las medicinas de sus pulmones. “Hija, el doctor me dijo que necesito el tratamiento completo…”, murmuró el anciano con vergüenza. Valeria rodó los ojos, cruzó los brazos y suspiró con fastidio. “Mateo manda dinero para mantener la casa, don Diego. Las pastillas son un lujo que ahorita no podemos darnos. Tienen que aprender a administrarse”. Sin decir más, tomó las llaves de su camioneta nueva y salió rumbo a la ciudad.
Las semanas pasaron y la situación se volvió insostenible. Un martes por la tarde, un camión de mudanzas se estacionó frente a la casa. Valeria había comprado muebles de lujo, pantallas gigantes y decoraciones modernas. “Esta casa vieja ya no me sirve, necesito espacio”, sentenció Valeria frente a los ancianos confundidos. “Ustedes ya no caben aquí. Les conseguí un lugar en las afueras del ejido”.
Carmen sintió que el mundo se le venía abajo. “¿Nos estás corriendo de nuestra propia casa?”. Valeria sonrió con una frialdad aterradora. “No es suya, las cosas cambian”. Esa misma noche, los ancianos fueron desterrados a un jacal abandonado, con techo de lámina y paredes cayéndose a pedazos. Mientras tanto, en Chicago, Mateo empacaba sus maletas emocionado. Había adelantado su vuelo 2 semanas para darles una sorpresa, creyendo que su familia vivía como reyes. Era completamente imposible imaginar la pesadilla que estaba a punto de desatarse frente a sus ojos.
PARTE 2
El taxi avanzó lentamente por las calles empedradas del pueblo. El corazón de Mateo latía con una fuerza incontrolable. Habían pasado 8 años desde la última vez que respiró el aire de su tierra. En sus manos sostenía su título de medicina, el trofeo de incontables madrugadas de estudio y el fruto del esfuerzo de sus padres. Cuando el vehículo giró en la esquina de su calle, Mateo le pidió al chofer que se detuviera. Quería caminar los últimos metros, quería saborear el momento.
Sin embargo, al levantar la vista hacia el terreno donde creció, sus pasos se congelaron. La modesta casa de fachada color cantera y el jardín lleno de bugambilias que su madre cuidaba con devoción habían desaparecido. En su lugar, se levantaba una imponente residencia con un portón eléctrico, altos muros de seguridad y acabados de lujo. Dos autos del año estaban estacionados en la entrada. Mateo frunció el ceño, pensando que se había equivocado de calle, pero el viejo árbol de mezquite en la acera le confirmó que estaba en el lugar correcto.
Tocó el timbre. Tras unos segundos, la puerta se abrió y Valeria apareció. Llevaba una bata de seda y una copa de vino en la mano. Al ver a Mateo, el color abandonó su rostro. La copa tembló entre sus dedos finamente arreglados.
“¡Mateo! ¿Qué… qué haces aquí? Me dijiste que llegabas hasta el día 15”, tartamudeó Valeria, intentando forzar una sonrisa mientras le bloqueaba el paso.
“Quise darles una sorpresa”, respondió Mateo, entrando a la casa sin pedir permiso. Sus ojos recorrieron la sala inmensa, los pisos de mármol, los muebles importados. “¿Dónde están mis padres? ¿Dónde está el altar de mi mamá?”.
Valeria tragó saliva, cruzó los brazos y adoptó una postura defensiva. “Ay, mi amor, tus papás son muy anticuados. Se aburrieron de la casa y decidieron irse al rancho por un tiempo. Ya ves que a don Diego le gusta el aire libre”.
Mateo se quedó en silencio. Algo en su pecho le advirtió que todo era una mentira absoluta. Sus padres jamás dejarían su hogar por voluntad propia, y mucho menos abandonarían las fotografías y recuerdos que eran su mayor tesoro. Salió de la casa ignorando las excusas de Valeria y caminó por la cuadra. A lo lejos, vio a don Chuy, el viejo panadero del barrio, barriendo la banqueta.
“Don Chuy”, saludó Mateo. El anciano levantó la mirada, soltó la escoba y se persignó como si viera a un fantasma.
“¡Bendito Dios, muchacho! Qué bueno que regresaste”, exclamó el vecino con los ojos llenos de lágrimas. “¿Ya fuiste a ver a tus papás?”.
“Valeria me dijo que se fueron al rancho, pero no le creo nada”, respondió Mateo con la voz tensa.
Don Chuy bajó la cabeza y apretó los puños. “Esa mujer es el mismísimo diablo. Los echó a la calle hace 6 meses. Los mandó a vivir a las ruinas del jacal viejo, allá por la barranca. Los pobrecitos apenas y tienen para comer tortillas duras. Te juro que intentamos ayudarlos, pero ella nos amenazó con echarnos a la policía si nos metíamos”.
La sangre de Mateo hirvió. Sin decir una palabra más, corrió. Corrió por las calles de tierra, atravesó los campos secos y descendió por la barranca hasta encontrar una estructura miserable de madera podrida y láminas oxidadas. El viento soplaba frío y el olor a humedad era insoportable. Al empujar la puerta astillada, la escena que vio le rompió el alma en mil pedazos.
Doña Carmen estaba sentada en un rincón, intentando encender un fuego con unas ramas secas para calentar un poco de agua. Estaba extremadamente delgada, su cabello había encanecido por completo y su ropa colgaba de su frágil cuerpo. En un colchón tirado en el piso de tierra, don Diego yacía encogido, tosiendo violentamente.
“¿Mamá?”, murmuró Mateo, sintiendo que un nudo le asfixiaba la garganta.
Carmen dejó caer las ramas. Sus ojos se llenaron de lágrimas al reconocer a su hijo. “¡Mi niño!”, gritó con voz quebrada, corriendo a abrazarlo. Mateo sintió los huesos de su madre a través de la ropa. Era un abrazo lleno de desesperación y amor infinito.
El ataque de tos de don Diego se intensificó. Mateo se arrodilló junto a su padre, utilizando sus conocimientos médicos de inmediato. Tomó su pulso, escuchó su respiración rasposa y lo ayudó a sentarse. Cuando don Diego apartó la mano de su boca, Mateo vio una enorme mancha de sangre roja y brillante. El diagnóstico cruzó por su mente como un balde de agua helada: una enfermedad pulmonar avanzada y sin tratar.
“Papá, ¿por qué no me dijeron nada? ¡Yo les mandaba miles de dólares! ¿Por qué dejaron que esto pasara?”, lloró Mateo, apretando las manos heladas de su padre.
“No queríamos arruinar tu carrera, mijo”, susurró don Diego con una sonrisa débil, acariciando el rostro de su hijo. “Tú estabas allá, luchando por tu futuro. Si te decíamos la verdad, ibas a dejar todo para regresar. Mi único sueño antes de morir era verte convertido en doctor”.
Mateo se levantó, limpiándose las lágrimas. Caminó hacia una caja de cartón donde su madre guardaba sus pocas pertenencias y encontró unos documentos legales que Valeria les había arrojado antes de correrlos. Al leerlos, su tristeza se transformó en una furia implacable, fría y calculadora. No solo les había robado el dinero mensual. Valeria había falsificado la firma de Mateo en las escrituras para vender las 2 hectáreas de agave del abuelo y poner la residencia a su único nombre. Había cometido un fraude millonario.
“Mamá, arregla sus cosas. Nos vamos de este infierno ahora mismo”, sentenció Mateo.
Esa noche, la residencia recién remodelada estaba llena de música a todo volumen. Valeria había organizado una cena con sus amigas para presumir sus nuevos muebles importados. Las risas resonaban en la sala hasta que la puerta principal se abrió de una patada.
Mateo entró, con la mirada ardiendo en rabia. Detrás de él, venían sus padres, apoyándose el uno en el otro. La música se apagó de inmediato.
“¡Qué significa esto, Mateo! ¿Por qué traes a estos viejos sucios a mi casa?”, gritó Valeria, indignada frente a sus invitadas.
“Esta no es tu casa”, respondió Mateo con una calma escalofriante. Sacó de su chamarra los documentos legales y los arrojó sobre la mesa de cristal. “Falsificaste mi firma. Robaste el dinero de mi trabajo. Dejaste a mis padres pudriéndose en un jacal sin medicinas mientras tú te comprabas ropa de diseñador”.
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