PARTE 3
Sin embargo, en la audiencia final, el rumbo de la historia dio un giro inesperado cuando Lucía pidió la palabra. Con la madurez desgarradora que solo el sufrimiento otorga a sus 7 años, la niña se paró firmemente frente al estrado del juez.
“Señor juez”, dijo Lucía, apretando un pequeño colibrí de papel amarillo entre sus manos temblorosas. “La familia no es la gente que casualmente tiene tu misma sangre. La familia es la gente que elige quedarse a tu lado en la habitación del hospital cuando todo está oscuro y no puedes despertar. La señora Úrsula solo quiere el dinero de mis papás, ella me lo dijo en el pasillo. Pero el doctor Alejandro y Mateo me quieren a mí. Somos un equipo, y si me separa de ellos, nos va a romper el corazón a los 3”.
El juez, visiblemente conmovido por las contundentes pruebas psicológicas presentadas y la evidente codicia material de la tía, dio un golpe en la mesa. Falló a favor de Alejandro, revocando cualquier derecho de Úrsula y otorgándole al doctor la custodia provisional inmediata para finalizar el proceso de adopción. La tía salió de la sala enfurecida, maldiciendo, habiendo perdido su oportunidad de enriquecerse.
Esa misma tarde, regresaron triunfantes al hospital. Lucía corrió hacia la cama de Mateo. A lo largo de los meses, la niña había desarrollado un ritual obsesivo y hermoso. Todos los días le contaba a Mateo en voz alta cuántos días llevaba dormido y le hacía un nuevo colibrí de papel por cada día transcurrido. La habitación estaba literalmente tapizada de colores vibrantes.
“Hoy cumples 290 días durmiendo, Mateo”, susurró la niña, acomodando los colibríes de colores alrededor de los monitores médicos. “Solo faltan 10 días para llegar a los 300. Prometiste que despertarías cuando terminara la parvada. Nuestro trato sigue en pie”.
Alejandro observaba desde el umbral de la puerta, con lágrimas resbalando por sus mejillas. Sabía que, médicamente hablando, las posibilidades reales de que Mateo despertara de un daño neurológico tan prolongado eran casi nulas. Pero había aprendido a no subestimar la fe inquebrantable de su nueva hija.
Los días pasaron con una lentitud agonizante. Lucía no faltó un solo momento después de la escuela. Cuando llegaron por fin al día 300, la niña llegó al hospital con un pliego de papel especial, brillante y de un profundo color dorado. Se sentó estoicamente junto a la cama, cortó el papel con cuidado, hizo los dobleces perfectos que había dominado y colocó el colibrí número 300 justo sobre el pecho inmóvil de Mateo, muy cerca de su corazón.