El gimnasio de la preparatoria se quedó tan callado que hasta el zumbido de las bocinas viejas se alcanzó a oír cuando Santiago Ocampo, el muchacho más querido de 6° semestre, soltó a sus amigos junto a las gradas, caminó con esa seguridad de hijo de gente importante y se plantó enfrente de Elena Vargas, la becada de la que todos se reían a escondidas y a veces también de frente.

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El gimnasio de la preparatoria se quedó tan callado que hasta el zumbido de las bocinas viejas se alcanzó a oír cuando Santiago Ocampo, el muchacho más querido de 6° semestre, soltó a sus amigos junto a las gradas, caminó con esa seguridad de hijo de gente importante y se plantó enfrente de Elena Vargas, la becada de la que todos se reían a escondidas y a veces también de frente.

—Baila conmigo.

Lo dijo fuerte, con una sonrisa blanca y ensayada, de esas que los maestros confundían con buena educación y las muchachas con encanto. En menos de 3 segundos, varios celulares se levantaron al mismo tiempo. Corrió un murmullo rápido, filoso, hambriento.

—No inventes…
—¿Es neta?
—La va a humillar.

Elena lo supo en cuanto lo vio acercarse. No necesitó que nadie le explicara nada. Conocía de memoria esa clase de silencio, ese que no nace del respeto sino de la expectativa de ver a alguien romperse en público. Aun así, dejó el vaso de refresco sobre la mesa, alisó con la mano la tela azul marino de su vestido sencillo y puso su mano en la de él.

La cancha estaba adornada con luces blancas de renta, moños color plata y una esfera disco que giraba despacio sobre sus cabezas como si también estuviera mirando. Afuera, en el estacionamiento, olía a tierra húmeda porque había llovido desde la tarde. Adentro, olía a perfume caro, laca para cabello y nervios.

Elena no pertenecía a ese lugar, o al menos eso le habían hecho sentir desde que entró a esa escuela con beca completa 2 años antes. Mientras la mayoría llegaba en camionetas, ella se bajaba del camión en la esquina para que no vieran que venía de la colonia La Joya, donde las banquetas estaban cuarteadas y los puestos de tamales se ponían desde las 6 de la mañana. Mientras sus compañeras hablaban de viajes a Cancún o de vestidos encargados en boutiques de Plaza Mayor, ella salía corriendo a las 2 de la tarde para ayudar a su mamá en un pequeño salón de belleza montado en la cochera de una casa prestada. Mientras los demás presumían apellidos, ella aprendía a poner uñas, a planchar flecos, a zurcir bastillas y a guardar silencio.

Sus lentes gruesos, aunque sí graduados, le servían también de pared. La peluca castaña, peinada siempre de forma anticuada y sostenida con horquillas, era otra. Muy pocos sabían que abajo de esa fibra barata estaba creciendo, por fin parejo, el cabello que había perdido a mechones meses atrás. Habían dicho que era por nervios, por estrés, por hormonas. Elena sabía que había empezado la noche en que su papá regresó borracho, quebró 2 espejos del salón y dejó a su mamá tirada entre cristales mientras ella abrazaba a su hermano debajo de la mesa de manicure. Desde entonces no solo se le cayó el pelo; también se le cayó la costumbre de sentirse segura.

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