PARTE 2
apartó con el antebrazo la mano del médico y apoyó al recién nacido sobre una sábana doblada.
La sala entera contuvo el aire.
—¿Qué demonios cree que está haciendo? —rugió el neonatólogo, avanzando un paso.
Ella ni siquiera lo miró.
Sus ojos estaban clavados en el pecho del bebé.
En la coloración apagada de la piel.
En esa rigidez que a cualquiera le habría parecido definitiva.
Pero Mariana había pasado años persiguiendo, a escondidas, todo lo que pudiera enseñarle a reconocer la diferencia entre un final y una posibilidad.
No era doctora.
No era enfermera.
No tenía un título que la protegiera.
Solo tenía memoria.