PARTE 2: El lunes a las ocho de la mañana cancelé todas las tarjetas.
No mandé mensajes largos ni publiqué indirectas. Solo llamé al banco, bloqueé los accesos de Diego y detuve cada transferencia automática. Después hablé con Marcela, la contadora de mi empresa, y le pedí un reporte completo de todo lo que les había pagado en los últimos cinco años.
“Por fin”, me dijo. “Llevo años esperando esta llamada.”
La empresa, Suministros Rivera, la había fundado mi papá, don Ernesto, con una camioneta vieja y un local rentado en Ecatepec. Cuando murió de cáncer, yo tenía veinticuatro años y fui quien se quedó trabajando mientras Diego decía que “algún día” iba a involucrarse.
Mi papá me dejó la empresa porque yo la conocía desde abajo: proveedores, nóminas, deudas, clientes difíciles. Diego recibió una herencia menor y la quemó en negocios absurdos, fiestas y una troca que ni siquiera terminó de pagar.
Nunca me lo perdonó.
Durante años cubrí sus deudas porque mi mamá, Socorro, siempre repetía: “Es tu hermano, la familia se cuida.” Pero nadie cuidó a Mateo aquella noche.
El miércoles, Fernanda empezó a subir historias diciendo que “hay gente que presume bondad y abandona a su propia sangre”. Diego me mandó audios llamándome ambiciosa, fría y malagradecida.
El viernes, Fernanda apareció en mi oficina con lentes enormes y una bolsa de diseñador que yo había pagado.
“¿Qué clase de mujer deja a su hermano en la calle?”, gritó frente a mis empleados.
Le entregué una carpeta.