pARTE 2
Arturo permaneció de espaldas a mí, con los hombros temblando como si de pronto todo el peso de esos años le hubiera caído encima.
Yo esperaba rabia.
Esperaba un grito.
Una acusación.
Una frase cruel, de esas que se guardan durante décadas hasta que por fin encuentran salida.
Pero cuando habló, su voz no sonó furiosa.
Sonó vieja.
Rota.
Cansada de cargar un secreto que ya no cabía en el pecho.
—Yo no te toqué para vengarme, Elena —dijo sin volverse—. No me alejé de ti porque quisiera hacerte sufrir cada día. Me alejé porque si seguía cerca, iba a terminar odiándote. Y al mismo tiempo no podía dejar de amarte. Esas dos cosas juntas casi me destruyeron.
Me llevé una mano al pecho.
—No me cambies el tema.
Él cerró los ojos.
—No lo estoy cambiando.
—Entonces contesta —dije, con la voz rota—. ¿Qué me hicieron en ese hospital?
Arturo respiró hondo.
Sus manos temblaban.
—Aquella noche, cuando llegaste al Hospital Civil, los médicos no solo trataron la sobredosis. Empezaste con un sangrado fuerte.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Qué sangrado?
Él se giró lentamente.
Tenía los ojos rojos.
Yo nunca había visto esos ojos así.
Ni cuando murió su madre.
Ni cuando perdió el negocio que había levantado con su padre.
Ni siquiera la noche en que descubrió mi infidelidad.
—Estabas embarazada, Elena.
El mundo se quedó sin sonido.
La sala desapareció.
La bugambilia afuera, el café sobre la mesa, el periódico en el suelo, todo se volvió una mancha.
—No —susurré—. No puede ser.
Arturo apretó la mandíbula.
—Era una gestación muy inicial. Pocas semanas. Y la estabas perdiendo.
Me tapé la boca con la mano.
No podía respirar.