PARTE 2: El silencio fue tan pesado que hasta el monitor de mi corazón sonaba como un tambor.
Julián soltó mi mano lentamente. No por miedo. Lo conocía demasiado bien: estaba calculando.
“¿Quién la dejó pasar?” preguntó.
“El mismo personal que ya habló con la policía”, respondió la licenciada Robles. “Y el perito mecánico que revisó la camioneta.”
Mi única aliada.
Mi única defensa.
Y aun así, yo seguía atrapada dentro de mi propio cuerpo, sin poder advertirle que Julián no era el más peligroso en ese cuarto.
La verdadera amenaza era Fernanda.
Ella no sonaba asustada.
Sonaba molesta.
“Valeria tuvo un accidente”, dijo. “Es cruel venir a inventar cosas cuando mi hermana está así.”
“Un accidente muy conveniente”, contestó Robles. “Los frenos no fallaron. Fueron manipulados.”
Los tacones de Fernanda se acercaron a mi cama.
Se inclinó junto a mi oído. Su respiración estaba tibia, controlada.
“Eso no prueba nada”, susurró. “Cualquiera pudo entrar al estacionamiento.”
Pero su mano tembló.
Por primera vez en su vida, Fernanda estaba temblando.
“No cualquiera sabía que Valeria tomaría esa carretera esa noche”, dijo Robles. “Y no cualquiera se beneficiaba con su muerte.”
Julián soltó una carcajada hueca.
“¿Beneficiarme? Mi esposa está en coma.”
“Su esposa cambió su testamento”, dijo Robles.
El cuarto se congeló.
Fernanda retrocedió.
“Eso es imposible”, dijo demasiado rápido. “Ella jamás habría…”
Se detuvo.
Demasiado tarde.
“¿Jamás habría qué, Fernanda?” preguntó Robles.
Mateo apretó mi mano.
“Ese documento no vale”, interrumpió Julián. “Valeria no estaba bien emocionalmente. Mi cuñada puede confirmarlo.”
“Valeria estaba perfectamente lúcida”, respondió Robles. “Creó un fideicomiso para Mateo. Y dejó instrucciones claras: si algo le pasaba, ninguno de ustedes podía acercarse al niño.”
Ahí lo entendí.
No querían solo la casa.
No querían solo las cuentas.
Querían a Mateo.
Controlarlo.
Desaparecerlo.
Hacerlo callar.
Algo cayó al piso. Tal vez la bolsa de Fernanda.
“Esto se está saliendo de control”, soltó ella.
Control.
Esa siempre había sido su palabra favorita.
Controlaba las cenas familiares, los secretos, las deudas de mamá, las mentiras que se contaban en Navidad.
Y ahora quería controlar mi muerte.
Fernanda volvió a acercarse.
“Debimos asegurarnos de que nunca despertara.”
El aire se me atoró en el pecho.
Luego escuché un sonido metálico.
Había sacado algo.
“Ya basta”, dijo en voz baja.