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La policía llegó en menos de veinte minutos, pero a Gabriel le pareció una eternidad.
Nadie más tocó la ropa. Estaba sobre la cómoda del dormitorio principal, un recordatorio silencioso en una casa que aún olía a humedad, naftalina y medicina vieja. Marco caminaba inquieto, apretando los puños. Lucía, la madre de Gabriel, aún no había sido llamada; si por compasión o por miedo, nadie lo sabía. ¿Cómo le dices a una madre que la ropa de su hija desaparecida fue encontrada escondida debajo del colchón de su padre?
Cuando los agentes entraron, la casa cambió de inmediato. Ya no era un lugar de duelo. Se había convertido en la escena de un crimen.
La agente a cargo, Renata Tavares, examinó la ropa sin tocarla y luego miró a Gabriel.
—¿Estás seguro de que pertenecían a tu hermana?
Gabriel tragó saliva.
—Sí. Mi madre le enseñó a bordar esas margaritas. Melissa solía bordarlas en su ropa… Tenía quince años cuando desapareció. Renata asintió y rápidamente dio órdenes: fotos, guantes, bolsas para pruebas, una búsqueda exhaustiva de la casa.
Lucía llegó media hora después, ya conmocionada antes incluso de comprender por qué. Mientras Marco intentaba explicarle, Gabriel observó cómo la palidez desaparecía de su rostro. Subió las escaleras lentamente, como si cada paso pesara más que el anterior. Entonces lo vio: la tela rosa, las costuras… y el tiempo pareció detenerse.
No gritó.
El silencio fue aún peor.
Se acercó, temblando, apenas atreviéndose a tocar el aire sobre él.
“Es de Melissa”, susurró. “Lo hice con ella…”
Gabriel cerró los ojos. Catorce años de ausencia, sillas vacías, preguntas sin respuesta… todo se abrió de repente. La búsqueda continuó hasta bien entrada la noche. La habitación parecía normal: un crucifijo, un reloj antiguo, muebles pesados… pero nada parecía normal ya. Todo desprendía misterio.
Alrededor de las once, encontraron algo más.
No estaba escondido tras las paredes, sino guardado en una funda de almohada en el armario: un cuaderno desgastado de 1989.
Renata lo hojeaba en la cocina mientras todos esperaban. Su expresión cambió, no por sorpresa, sino por una más sombría.
“Nadie sale de la casa”, dijo. “Y para abrir el cobertizo, necesito una orden judicial”.
“¿El cobertizo?”, preguntó Marco.
“El cuaderno lo menciona. Y… menciona a Melissa”.
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