Parte 3 :
—Papá lo vio antes que yo —dijo.
—Sí —respondí—. Pero ahora lo ves tú. Y eso es lo que importa.
Rodrigo llamó doce veces ese día. Doce. No contestamos ninguna.
Por la tarde apareció en el rancho. Golpeó la reja con el puño, exigió hablar con Ximena. Yo salí sola al porche. Detrás de mí, sin hacer ruido, estaba Tomás. No hizo falta.
Rodrigo ya no sonreía. Venía descompuesto, sin control, con esa rabia de quien descubre que ha perdido el mando. Dijo que todo era un malentendido, que Ximena estaba manipulada, que yo quería destruir su matrimonio.
Lo dejé hablar.
Después le dije la verdad, sin subir la voz: el matrimonio lo había destruido él, el día que decidió convertir a su esposa y a su suegra en garantías bancarias.
En ese momento llegó la camioneta de Laura.
No venía sola.
Bajó con un agente y una notificación en la mano. No hubo gritos. No hubo espectáculo. Nadie lo esposó. Fue peor.
Papeles. Testigos. Fechas.
Y un silencio frío mientras le explicaban que debía declarar por el uso de documentación falsa y por las maniobras para obtener financiamiento con bienes que no le pertenecían.
Su rostro cambió. Se vació.