Parte 2 :
Lo miré.
—Ximena ya recibió lo que le dejó su padre. Y tú… no recibiste nada.
El notario cerró la carpeta y se levantó. Dejó claro que no autorizaría ninguna firma en esas condiciones. Se marchó con una corrección impecable.
Rodrigo tardó menos de un minuto en perder la compostura. Me acusó de desconfiada, de anticuada, de querer controlar a mi hija con el dinero de un muerto.
Lo dejé hablar.
Y cuando terminó, le abrí la puerta.
Aquella tarde, Ximena llegó hecha una furia. Entró sin besarme, dejó el bolso sobre el sillón y me preguntó por qué había humillado a su marido delante de un notario.
La dejé hablar. Todo.
Cuando terminó, le di la copia del poder.
Fue leyendo cada página más despacio que la anterior… hasta que llegó a la cláusula de los préstamos con garantía hipotecaria. Ahí se detuvo. Levantó la cara.
—Él me dijo que era para gestionar pagos y apoyos —murmuró.
—Lo sé.
Se sentó. Y, de pronto, parecía más joven que en la boda.
Entonces me contó lo que no había dicho: que la boda había costado mucho más de lo que yo imaginaba, que Rodrigo había adelantado pagos contando con una comisión que nunca llegó, y que desde hacía meses la estaba presionando para firmar papeles “sin importancia”.
Uno de ellos la convertía en aval de un crédito.
Ni siquiera sabía bien a qué se dedicaba su empresa. Cada mes era algo distinto.
Al día siguiente fui a ver a Laura Méndez. En menos de una hora, sacó todo a la luz: cuentas sin declarar, requerimientos del SAT, una demanda de un proveedor impago.
Nada espectacular por separado.