PARTE 2
L—¡Señor! ¡Señor, despierte!
Me arrodillé junto a él ignorando el calor que quemaba mis rodillas.
El hombre no respondía.
Tenía la piel ardiendo y los labios partidos. Una pequeña espuma blanca aparecía en la comisura de su boca. Sus manos temblaban apenas, como si el cuerpo estuviera luchando por no apagarse del todo.
Miré desesperada alrededor.
—¡Ayuda! ¡Por favor!
La gente seguía caminando.
Una mujer me observó unos segundos… y luego bajó la vista para continuar.
Sentí un nudo extraño en el pecho.
¿Cómo podía el mundo ser tan frío?
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Niña, apártate de él.
Un policía municipal se acercaba lentamente.
—Probablemente está drogado.
Negué con fuerza.@
—¡No! ¡Está enfermo!
El hombre abrió apenas los ojos.
Y me miró.
Nunca olvidaré aquella mirada.
No era rabia.
No era miedo.
Era tristeza.
Una tristeza tan profunda que incluso yo, con ocho años, pude sentirla.
Intentó hablar.
Solo salió una palabra rota:
—Elena…
Mi corazón dio un salto.
Ese era el nombre de mi madre.
La madre que murió cuando yo era bebé.
Retrocedí confundida.
—¿Cómo sabe ese nombre?
El hombre me observó como si hubiera visto un fantasma.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Entonces perdió el conocimiento otra vez.
El policía suspiró fastidiado.
—Llamaré a una ambulancia.
Pero ya no hablaba igual.
Porque también había escuchado el nombre.
Y había visto la forma en que aquel hombre me miró.
L Como si me conociera.
PARTE 3
Pasé horas en el hospital público sentada sola en una silla de plástico.
Nadie debía enterarse de que estaba allí. Mi abuela odiaba los hospitales desde que mamá murió.
Pero no podía irme.
Necesitaba respuestas.
Finalmente, un médico salió.
—¿Tú eres la niña que lo encontró?
Asentí nerviosa.
—El hombre preguntó por ti.
Entré lentamente a la habitación.
Sin toda la suciedad, el hombre parecía distinto. Seguía delgado y agotado, pero ahora podía verse que alguna vez había sido fuerte.
Tenía ojos verdes.
Exactamente iguales a los míos.
Sentí un escalofrío.
Él tragó saliva al verme.
—¿Cómo te llamas?
—Joana.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Tu madre era Elena Vargas?
Asentí lentamente.
El hombre cerró los ojos como si aquello le hubiera atravesado el pecho.
—Dios mío…
—¿Quién es usted?
Tardó varios segundos en responder.
—Me llamo Gabriel.
Su voz se quebró.
Soy tu abuelo.
El mundo entero pareció quedarse en silencio.
Yo nunca había tenido abuelo.
Mi abuela Concepción siempre decía que la familia de mamá estaba muerta.
Toda.
Pero aquel hombre me estaba mirando con lágrimas reales.
—Tu madre me odiaba cuando se fue —susurró—. Y tenía razones.
Poco a poco la historia comenzó a salir.
Décadas atrás, Gabriel había sido un empresario rico de Sevilla. Dueño de talleres y propiedades.
Pero también alcohólico.
Violento.
Orgulloso.