La casa en la calle Olmo parecía cansada: pintura descascarada, escalón vencido, un silencio sospechoso.
Golpeó fuerte.
—Policía. Abra la puerta.
—No puedo —respondió la voz infantil—. No puedo soltarlo.
Gabriel entendió que no era rebeldía, era miedo. Retrocedió y forzó la puerta.
La luz débil del living
El aire olía a calor rancio y jabón. En el suelo, sobre una alfombra gastada, estaba una niña de cabello enredado y camiseta grande, abrazando a un bebé demasiado delgado para sus cuatro meses.
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