Un estudiante pobre cedió su asiento a una anciana en un microbús… y apenas unas horas después, la dirección de su vida cambió de una manera que dejó a todos sorprendidos.
Y apareció…
la anciana.
Pero ya no era la misma imagen del día anterior.
Llevaba ropa elegante.
El cabello perfectamente arreglado.
La espalda recta.
Y a su alrededor, las personas la miraban con respeto absoluto.
Miguel se quedó boquiabierto.
—¿Señora…?
Ella sonrió.
La misma sonrisa.
Pero ahora había algo más en ella.
Autoridad.
—Buenos días, Miguel.
Él no pudo responder.
—Pasa.