Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía… Hola, mi nombre es Elena Vargas y tengo 94 años. Sé que a mi edad debería estar tranquila disfrutando mis últimos días en paz, pero hay algo que me ha perseguido durante 70 años. Algo que nunca le conté a nadie, ni siquiera a mis hijos.… En voir plus

No podía ser el mismo. No podía llorar en público. No podía admitir que estaba solo. Tenía que sonreír siempre, actuar siempre, ser el cantinflas que todos esperaban. En febrero sucedió algo que cambió mi relación con él. Yo estaba en la cocina preparando la cena cuando recibí un telegrama. era de mi pueblo. Mi mamá había empeorado. Necesitaba viajar urgentemente. Me puse a llorar sin poder contenerme. Rosalía me abrazó y me dijo que pidiera permiso para viajar. Fui a buscar al señor Mario con el telegrama en la mano y las lágrimas corriendo por mi cara.

Lo encontré en su estudio revisando un guion. Toqué la puerta suavemente. Él me vio y su expresión cambió inmediatamente de concentración a preocupación. Le expliqué entre soyosos lo que había pasado, que mi mamá estaba muy enferma, que necesitaba viajar a Guanajuato lo antes posible, que entendía si me despedía, pero que por favor me diera permiso de irme al menos unos días. Él escuchó en silencio, luego se levantó de su escritorio y se acercó a mí. me puso una mano en el hombro y me dijo que, por supuesto, que podía ir, que la familia era lo más importante, que no me preocupara por el trabajo.

Luego sacó su billetera y me dio dinero. Era mucho dinero, más de lo que yo ganaba en dos meses. Le dije que no podía aceptarlo, que era demasiado, pero él insistió. Me dijo que ese dinero era para el viaje, para los doctores, para las medicinas que mi mamá necesitara. Me dijo que no era un préstamo, era un regalo. Me dijo que cuando volviera a mi trabajo estaría esperándome. Luego llamó a su chóer y le ordenó que me llevara a la estación de autobuses.

Esa misma noche. Lloré más de agradecimiento que de tristeza. Le agradecí una y otra vez. Él solo sonrió y me dijo que fuera con Dios, que cuidara a mi mamá, que no me preocupara por nada más. Esa noche viajé a Guanajuato con el corazón dividido entre la preocupación por mi mamá y el asombro por la bondad del señor Mario. Estuve dos semanas en mi pueblo. Mi mamá estaba muy grave, pero gracias al dinero que el señor Mario me había dado, pudimos llevarla con mejores doctores, comprar mejores medicinas.

Ella mejoró lentamente, no se curó completamente, pero se estabilizó. Cuando finalmente pude volver a la ciudad de México, llevaba en el corazón una gratitud inmensa hacia ese hombre. Volví a la casa a finales de febrero. El señor Mario estaba en la sala cuando llegué. Se alegró de verme y me preguntó por mi mamá. Le conté que había mejorado gracias a su ayuda. Él restó importancia al asunto con un gesto de la mano y me dijo que lo importante era que mi mamá estuviera bien.

Desde ese día, mi lealtad aciel fue absoluta. No importaba lo que descubriera, no importaba lo que viera, yo jamás traicionaría la confianza de un hombre que había ayudado a mi familia cuando más lo necesitábamos. Esa lealtad sería puesta a prueba de formas que yo nunca imaginé. En marzo de 1952 empecé a notar algo más en la rutina del señor Mario. Dos veces por semana, los martes y viernes por la tarde, salía de la casa solo, sin chóer, sin acompañantes.

Manejaba el mismo su carro hacia algún lugar. Volvía dos o tres horas después, siempre con expresión más tranquila, más relajada, casi feliz. Un día le pregunté a Rosalía si sabía dónde iba el Sr. Mario esos días. Ella me miró seria y me dijo que mejor no preguntara, que todos teníamos derecho a nuestra privacidad, que el señor Mario nunca había dado explicaciones y nosotras no debíamos pedirlas. Pero su tono sugería que ella sí sabía algo. Mi curiosidad creció.

No era chisme morboso, era genuina preocupación. Yo había visto la tristeza del señor Mario. Lo había escuchado llorar. Sabía que algo lo atormentaba. Si esas salidas lo hacían feliz, yo quería saber qué eran, tal vez para entender mejor que necesitaba ese hombre. Una tarde de abril, el señor Mario salió como siempre en su carro, pero ese día olvidó algo. Dejó sobre la mesa del recibidor un sobre de manila. Yo estaba limpiando y lo vi. No debí hacerlo.

Lo sé, pero lo abrí. Dentro había fotos. Eran fotos de un niño de unos seis o 7 años. Un niño hermoso, de pelo negro, ojos grandes, sonrisa amplia y ese niño tenía un parecido inconfundible con el señor Mario. Cerré el sobre rápidamente con las manos temblando. No podía ser lo que estaba pensando, pero mientras seguía limpiando, mi mente no paraba de hacer conexiones. Las salidas secretas dos veces por semana, las fotos del niño que se parecía a él, la tensión con la señora Valentina, todo empezaba a tener sentido terrible.

Esa noche, cuando Rosalía y yo cenábamos en la cocina, junté valor y le pregunté directamente. Le dije que había visto las fotos, que necesitaba saber la verdad. Rosalía dejó su plato, suspiró profundo y me miró con expresión cansada. Rosalía me hizo prometer que lo que me iba a contar no saldría jamás de esa cocina. Le juré por mi madre que guardaría el secreto. Entonces ella me contó la historia que cambiaría completamente mi forma de ver al señor Mario.

Me dijo que hacía aproximadamente 8 años. En 1944, el señor Mario había conocido a una mujer llamada Marion Roberts. Era una actriz norteamericana que había venido a México para trabajar en una película. Se enamoraron. Fue un romance intenso, apasionado, real. Pero el señor Mario estaba casado con Valentina y su imagen pública no podía mancharse con un escándalo de adulterio. La relación continuó en secreto durante casi un año. Marion quedó embarazada. Cuando se lo dijo al señor Mario, él entró en crisis.

Amaba a Marion. Quería estar con ella, quería tener ese hijo, pero no podía. Su carrera, su imagen, su estatus como ídolo nacional. Todo estaba en juego. Si se divorciaba de Valentina para casarse con una gringa embarazada, la prensa lo destruiría. Su carrera terminaría, México le daría la espalda. Marion volvió a Estados Unidos y tuvo al niño allá. Era un varón. Le puso Mario Arturo, igual que su padre. El señor Mario le envía dinero todos los meses. Paga todos los gastos del niño, pero no puede reconocerlo públicamente.

No puede ser su padre de verdad. Solo puede visitarlo en secreto dos veces por semana cuando Marion viene a México a quedarse en un departamento discreto que le paga. Rosalía me contó todo esto con voz baja, mirando constantemente hacia la puerta para asegurarse de que nadie nos escuchara. me dijo que la señora Valentina sabía de la existencia del niño, que por eso se había distanciado tanto del señor Mario, que por eso vivían vidas separadas bajo el mismo techo.

Pero todos guardaban las apariencias, todos actuaban, todos mentían. Me quedé en soc absoluto. El señor Mario tenía un hijo secreto, un hijo que no podía reconocer, un hijo que amaba, pero que tenía que esconder del mundo. De repente, todo tenía sentido. La tristeza en sus ojos, el llanto nocturno, la música melancólica a las 2 de la mañana. No era solo infelicidad matrimonial, era el dolor de un padre que no podía ser padre. Los días siguientes observé al señror Mario con otros ojos.

Cuando salía los martes y viernes, yo sabía que iba a ver a su hijo. Cuando volvía con expresión más relajada, yo sabía que había pasado unas horas preciosas siendo simplemente papá, sin cámaras, sin prensa, sin mentiras. Y cuando se encerraba en su estudio por las noches, yo sabía que estaba pensando en el niño que crecía sin poder llevar su apellido. En mayo de 1952 sucedió algo que me destrozó el corazón. Era un martes por la tarde. El señor Mario había salido como siempre a su visita secreta.

Yo estaba en el jardín regando las plantas cuando escuché que su carro entraba. Era muy temprano. Apenas había estado fuera una hora. Algo estaba mal. Lo vi bajar del carro con expresión devastada. Tenía los ojos rojos, la cara pálida, los movimientos lentos como de alguien en shock. entró a la casa sin verme siquiera. Escuché sus pasos subiendo las escaleras hacia su estudio. Luego escuché el portazo. Rosalía apareció en el jardín unos minutos después. Me preguntó si había visto al señor Mario.

Le dije que sí, que había llegado, pero que se veía muy mal. Rosalía entró a la casa preocupada. Yo continué con mi trabajo, pero no podía dejar de pensar en esa expresión devastada que había visto en su rostro. Esa noche, alrededor de las 10, Rosalía me llamó a su cuarto, cerró la puerta y me contó lo que había pasado. Marion le había dicho al señor Mario que se iba a casar. Había conocido a un hombre en Estados Unidos, un hombre bueno que quería casarse con ella y adoptar al niño legalmente.

Marion había tomado la decisión de darle a su hijo una vida normal con un padre presente, con un apellido respetable. El señor Mario estaba destrozado. Entendía las razones de Marion. Sabía que ella estaba haciendo lo correcto para el niño, pero eso no hacía el dolor menos insoportable. Iba a perder a su hijo. El niño crecería llamando papá a otro hombre. El niño nunca sabría quién era su verdadero padre. Esa noche los pasos en el pasillo fueron más intensos que nunca.

Escuché al señor Mario caminando de un lado a otro durante horas. Las siguientes semanas fueron terribles. El señor Mario seguía cumpliendo con sus compromisos públicos. Iba a filmaciones, a entrevistas, a eventos. En público era el cantinflas de siempre, alegre, bromista, el orgullo de México. Pero en casa era una sombra. Apenas comía, apenas hablaba, se encerraba en su estudio por días enteros. Yo intentaba ayudar de las formas que podía. le preparaba sus comidas favoritas, dejaba café fresco en su estudio, mantenía la casa en silencio para que pudiera tener paz, pero nada ayudaba realmente.

El dolor que lo consumía era demasiado profundo. Una noche de junio, aproximadamente a las 11, yo estaba en mi cuarto leyendo cuando escuché un ruido extraño. Era como si algo pesado hubiera caído en el piso de arriba. Esperé unos segundos para ver si escuchaba algo más. Nada. Pensé que tal vez me había imaginado el ruido y volví a mi lectura. Pero unos minutos después escuché pasos corriendo. Era Rosalía. Tocó mi puerta desesperada. Cuando abrí, su cara estaba pálida de terror.

Me agarró del brazo y me jaló hacia el pasillo. Me dijo que necesitaba mi ayuda inmediatamente, que algo terrible estaba pasando. Subimos las escaleras corriendo. Rosalía me llevó hasta la puerta del estudio del señor Mario. Estaba entreabierta. Me asomé y lo que vi me eló la sangre. El señor Mario estaba tirado en el piso, inconsciente. Junto a él había una botella de whisky vacía y un frasco de pastillas volcado. Las pastillas estaban regadas por todo el piso.

Rosalía entró gritando su nombre. Yo me quedé paralizada en la puerta por un segundo. Luego reaccioné. Corrí hacia él y le tomé el pulso. Estaba vivo, pero su pulso era débil, irregular. Respiraba, pero de forma muy superficial. tenía espuma en las comisuras de los labios. Le grité a Rosalía que llamara a un doctor inmediatamente, que dijera que era una emergencia, pero que no mencionara el nombre del paciente. Ella salió corriendo al teléfono. Yo me quedé junto al señor Mario intentando mantenerlo consciente.

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