Soy un cirujano jubilado. Una noche tarde, un antiguo colega me llamó y me dijo que mi hija había sido llevada de urgencia a la sala de emergencias. “Si mi hija muere esta noche, mi yerno no vuelve a ver la luz del día.” Eso fue lo primero que pensé cuando vi la espalda de Valeria. Yo soy el doctor Ignacio Robles, cirujano retirado. Pasé más de treinta años abriendo cuerpos para salvar vidas en hospitales de la Ciudad de México. Creí que ya había visto de todo: accidentes,… En voir plus

—¿Alguien puede confirmarlo?
Rodrigo abrió la boca, pero no dijo nada.
En ese momento, el busca de Víctor sonó. Revisó el mensaje y frunció el ceño.
—Ignacio… ven conmigo.
Lo seguí hasta radiología. En la pantalla aparecían las imágenes de la tomografía de Valeria. Yo conocía el cuerpo humano como otros conocen las calles de su colonia. Sabía distinguir lo natural de lo extraño.
Y eso no era natural.
Debajo de la piel, cerca del hombro izquierdo de mi hija, había un objeto pequeño, metálico, encapsulado.
—No es bala —dijo Víctor.
—Tampoco material quirúrgico —respondí.
Amplió la imagen.
Era un rastreador.
Antes de que pudiéramos decir algo más, se fue la luz.
Las pantallas quedaron negras. Los monitores dejaron escapar un pitido largo antes de que la planta de emergencia entrara.
Luego, desde el área de urgencias, se escuchó un grito.
Y supe que alguien había venido a terminar lo que empezó…. Continuará en los comentarios
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