Salí ese día temblando.
Y mientras conducía a casa, lloré tanto que tuve que parar.
Pero algo extraño pasó después de que se me secaron las lágrimas.
Empecé a pensar:
Si voy a cambiar algo… será porque yo lo elijo.
Así que me inscribí en un gimnasio.
No porque mis padres me avergonzaran, sino porque quería recuperar el control.
Trabajé con un entrenador llamado Diego.
No me trataba como un proyecto.
Me trataba como una persona.
Empecé a levantar pesas.
A comer mejor.
A dormir mejor.
Dejé de tomar refrescos.
Empecé a beber agua… como si me fuera la vida en ello.
El peso desapareció, sí.
Pero el cambio más grande… fue mental.
Por primera vez, me miré.
Y no me sentí como la decepción de alguien.
Me sentí poderosa.
Seis meses pasaron volando.
Llegó el fin de semana de la boda.
Y cuando me presenté en la cena de ensayo… con un vestido azul marino ajustado…
La mandíbula de mi mamá literalmente cayó.
Antes querían que ‘encogiera’ para que les pareciera bien…
Pero ahora… mi confianza es lo que no pueden controlar.
Me pregunto… ¿qué harán ahora?
Parte 2…

Mi padre parecía no poder decidir si sonreír o entrar en pánico.
Los ojos de Camila se abrieron de par en par y pillé a su prometido mirándome fijamente durante demasiado tiempo.
Y entonces Camila me agarró la muñeca y susurró con los dientes apretados:
—Tienes que dejar de hacer eso.
Parpadeé.