PARTE 3
Primero se escuchó estática.
Después, la voz débil de Lucía llenó la Catedral de Guadalajara.
—Sebastián… por favor… me arde la garganta… no puedo respirar.
Yo cerré los ojos.
Mi hermana Teresa empezó a llorar en silencio.
Luego vino la voz de él, fría como metal.
—No hagas drama. Tómate el té.
—Sabe raro…
—Es natural. Mariana lo consiguió. Te va a calmar.
Se escuchó un golpe. Como una taza cayendo al piso.
Lucía respiraba con dificultad.
—El bebé se está moviendo mucho…
Sebastián soltó una risa.
—Pues ojalá se calme también. Porque si algo le pasa, todos van a creer que fue culpa de tus ataques.
Un gemido recorrió la iglesia. Una señora en la tercera fila empezó a rezar en voz alta.
La grabación continuó.
—No vas a quedarte con la empresa —susurró Lucía—. Sé lo de las acciones. Tu papá me las dio porque sabía lo que eras.
Hubo un silencio.
Después, la voz de Sebastián cambió. Ya no era burla. Era rabia pura.
—Estúpida. ¿De verdad creíste que ibas a vivir lo suficiente para usarlas?
La grabación terminó de golpe.
Nadie habló.
Ni siquiera Mariana lloraba ya. Estaba paralizada junto a la banca, con el maquillaje corrido y las manos temblando.
El detective Morales se acercó a Sebastián.
—Sebastián Santillán, queda detenido por el homicidio de Lucía Ramírez de Santillán y de su hijo no nacido.
—¡No tienen nada! —gritó él, forcejeando.
—Tenemos análisis toxicológicos independientes —respondió Morales—. Tenemos mensajes, transferencias, recetas falsas y esta grabación.
Los policías lo esposaron frente al ataúd de mi hija.
Sebastián me miró con odio.
—¿Crees que ganaste, Elena? Esa empresa es mía.
Yo lo miré sin levantar la voz.
—Tú no construiste nada. Heredaste poder. Y ahora lo perdiste.
Cuando lo arrastraron por el pasillo central, Mariana intentó correr hacia una puerta lateral. No llegó ni a tocar la manija. Dos agentes la detuvieron.
—Mariana Lagos —dijo una oficial—, queda detenida por conspiración para cometer homicidio, fraude corporativo y manipulación de evidencia médica.
—¡Sebastián me obligó! —gritó ella—. ¡Yo no quería!
Él se volteó como animal herido.
—¡Cállate!
Esa fue la última imagen que todos tuvieron de ellos: esposados, acusándose entre sí, mientras el ataúd de Lucía permanecía al centro de la iglesia como un testigo silencioso.
Afuera, los reporteros corrieron tras la noticia. Los socios de Laboratorios Santillán salieron haciendo llamadas urgentes. Algunas personas se acercaron a abrazarme, pero yo apenas podía sentir mi cuerpo.
Cuando la catedral quedó casi vacía, caminé hacia el ataúd.
Puse la mano sobre la madera fría.
—Perdóname, hija —susurré—. Perdóname por no sacarte antes de ahí.
El licenciado Méndez se quedó a mi lado.
—Doña Elena, Lucía sabía que usted iba a pelear por ella.
Yo lloré entonces. No como había querido llorar desde el principio, sino como una madre que por fin podía dejar caer el peso sin rendirse.
Lucía no había sido débil. No había sido una esposa confundida ni una mujer rota por el embarazo, como Sebastián quiso hacer creer.
Mi hija había tenido miedo, sí.
Pero también tuvo valor.
Mientras ellos planeaban borrarla, ella dejó pruebas. Mientras ellos la creían sola, ella me dejó un camino. Mientras ellos pensaban que su muerte cerraría todas las puertas, Lucía abrió una que los llevó directo a la cárcel.
El abogado habló en voz baja:
—Mañana habrá junta de emergencia. Van a intentar presionarla para vender las acciones.
Miré el vientre inmóvil de mi hija por última vez.
Pensé en mi nieto. En la vida que le robaron. En todas las mujeres que han sido llamadas locas para que nadie escuche su verdad.
Luego levanté la mirada hacia los vitrales. Afuera, la tormenta empezaba a despejarse.
—Que lo intenten —respondí.
Porque ese día no solo enterré a mi hija.
También enterré la mentira que la mató.
Y si algo aprendí de Lucía, fue esto: a veces una madre no busca venganza… busca justicia para que ninguna otra hija tenga que morir en silencio.