Cuando salían, Sophie parecía… extraña. Callada. Retraída. Se envolvía en la toalla con fuerza, como si intentara desaparecer dentro de ella. Una vez, cuando fui a cepillarle el pelo, se sobresaltó —solo por un segundo—, pero lo vi.
Fue entonces cuando la duda empezó a crecer.
Una noche, después de otro largo baño, me senté a su lado en la cama mientras ella abrazaba su conejito de peluche.
—¿Qué haces ahí dentro tanto tiempo? —le pregunté suavemente.
Bajó la mirada de inmediato.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero permaneció en silencio.
Le tomé la mano con delicadeza. —Puedes contarme lo que sea, cariño.
Le tembló el labio.
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