Casi un año después, estaba sentada en un baño de burbujas, con juguetes flotando a su alrededor, y me miró.
“Mamá… ahora me siento normal”.
Me giré para que no me viera llorar.
Lo peor no fue lo que vi esa noche.
Fue darme cuenta de lo profundamente que el silencio había envuelto a una niña pequeña, disfrazado de amor.
Pero lo más importante es esto:
Escuché a mi miedo.
Elegí actuar.
Y gracias a eso…
mi hija crecerá sabiendo que cuando algo no le parece bien, nunca tiene que quedarse callada…
porque su madre siempre elegirá la verdad.